lunes 20 de octubre del 2008 Columnistas

Alfonso Reece D.areece@wales.zzn.com

¡Viva Ecuador… ¿¡qué!?

El gran pintor ecuatoriano Joaquín Pinto en su cuadro El carajo retrata a un hombre tuerto, de rostro malediciente y feroz, rodeado de ajos, que como tumores surgen en el contorno de su cara. La pintura es un jeroglífico en el que la lectura fonética de los elementos cara y ajo suena cara-ajo, viniendo a significar carajo. No sabemos si el artista sabía el significado de esta palabra o, como muchísimas personas, pensaba que era una contracción de “cara de ajo”.

No es improbable que para entonces, hablamos del siglo XIX ecuatoriano, se hubiese perdido ya, como ocurre en la mayor parte de América Latina, el sentido original del término y se lo utilizaba como simple interjección que denota disgusto o algo muy malo, al punto de que un uso corriente de la expresión sea “ándate al carajo”, queriendo decir con ello que el aludido se vaya a un lugar donde nadie quisiera estar.

Sin embargo, por esa alquimia maravillosa que posee el lenguaje, a través de una antífrasis, lo despreciable y vil puede significar maravilloso, el disgusto se transforma en dicha. Así, que algo sea “del carajo” equivale a “es de lo mejor”, y se dice sin asco “¡Viva Ecuador, carajo!”, expresando con ello el regocijo y orgullo que provoca esa malsana pasión que algunos llaman patriotismo.

Me preguntarán: ¿por qué se asusta?, ¿qué mismo quiere decir carajo? El significado propio del término es pene. Las opiniones más autorizadas consideran, aunque sin unanimidad, que su origen es afín al de carámbano (pedazo de hielo largo y puntiagudo), provenientes ambos del latín calãmus, que se traduce como caña. ¿Y esto es tan grave? No se ponga cucufato, me dirán. He sido colaborador habitual de revistas eróticas y en todo lo que he escrito no he rehuido las denotaciones y connotaciones de carácter sexual. Estas describen una parte hermosa, buena y, sobre todo, deleitable de la vida, pero requieren de un uso adecuado, oportuno y pertinente. Es la mala utilización, ofensiva o imprudente, la que las convierte en “malas palabras”. Las palabras son cosas y, como ocurre con los objetos físicos, pueden ser usadas como armas, para agredir, herir y, sin ninguna exageración, matar.

Por eso estoy, de frente, en contra del uso político de las palabras de índole sexual, convertidas ahí sí en “malas palabras”. Normalmente quienes recurren a ellas lo hacen por incapacidad expresiva, no tienen la destreza ni el conocimiento para describir con términos normales sus emociones y han de echar mano a voces de fuerte contenido. Así tenemos el caso del hombrecito de gorrita rojita que grita: “Váyanse al carajo, yanquis de mierda”, con ello está demostrando, como si hiciesen falta más pruebas, su pobreza de argumentos y falta de ingenio. ¡Clamidosaurios mentales, que hinchan la gola de su vulgaridad tratando de ocultar su debilidad conceptual! Por eso sugiero a quienes tienen algo de autoestima intelectual que eviten el uso de “carajo” como expresión de autoafirmación, porque al hacerlo están demostrando precisamente lo contrario.
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