La señora Rosario Murillo no ha ganado una sola elección, ni siquiera ha sido candidata, pero ejerce una presidencia con más poder que las presidentas de Chile y Argentina. Su cargo le viene por la sociedad conyugal que mantiene con el presidente de Nicaragua, quien a la vez le debe el suyo a uno de los personajes comprobadamente más corruptos del continente, un señor de apellido Alemán. Originalmente ambos fueron enemigos, lo que en aquel tiempo quería decir exactamente eso, y no simplemente opositores políticos. El uno venía del sandinismo heroico, el otro arrastraba la historia de su pasado somocista. Cada uno estuvo en un bando diferente durante la guerra civil que desangró a ese país en la década de los ochenta. Finalmente, cuando las cosas ya se tranquilizaron y los gobiernos se escogían por el voto popular, ambos se dieron cuenta de que el uno no podría vivir sin el otro.
Era un asunto de cálculo personal y de simple matemática. Habían comprobado que ninguno de ellos podría conseguir algo más de un tercio de la votación, de manera que arreglaron la Constitución y las leyes para hacer posible el triunfo de cualquiera de ellos. Para esto, Ortega había despejado el camino dentro de su partido y Alemán había hecho lo mismo en el suyo y quedaron como dueños absolutos de sus organizaciones. Eso significó, en el caso del primero, sepultar los ideales que en su momento provocaron la solidaridad de toda América Latina y, sobre todo, dejar en el camino a la gente que se jugó la vida en la revolución y en la guerra con la “contra”. Entonces, las personas más valiosas, con los líderes emblemáticos a la cabeza, se alejaron del Frente Sandinista. El escritor y ex vicepresidente Sergio Ramírez expresó el sentimiento de ellos en su libro Adiós a los muchachos, donde fundamentaba la ruptura.
Los ideales y la dignidad se fueron con esas personas. El pragmatismo y el cinismo se quedaron con Ortega y, obviamente, con la señora Murillo que cada vez fue ganando más terreno político. Porque estaban conscientes de la pierna con la que cojeaban, definieron a sus ex compañeros como los enemigos más peligrosos. El juicio montado en contra del poeta Ernesto Cardenal y el hostigamiento al periodista Carlos Fernando Chamorro son los últimos episodios de una persecución que seguramente se extenderá a otros líderes históricos y en general a los políticos que desde la izquierda condenan la transformación del sandinismo en una vulgar piñata y las arbitrariedades de la pareja presidencial.
Los últimos episodios son muestras del uso político del Poder Judicial, tan conocido en nuestros lados, pero también de los abusos a los que se puede llegar en momentos de desesperación. No es para menos, ya que hay elecciones municipales a la vuelta de la esquina y los sondeos no traen buenos pronósticos para el falso sandinismo en el poder. Es probable que esa sea la ocasión para que los nicaragüenses le digan adiós a la muchacha. Y con ella al muchacho.