En el día de llegada, esta vez la crisis no fue bélica, como cuando arribé a Cartagena el 1 de marzo con bombardeos en la frontera ecuatoriana. En New York, el estallido era en Wall Street, lo que para los analistas tendría una repercusión igual a la de una bomba atómica. Pero para el resto de los neoyorquinos refundidos, concentrados, hiperdireccionados y congestionados en sus avatares diarios, el asunto no parecía desarticular nada, especialmente cuando entré al pequeño zoológico de Central Park desde la Quinta Avenida.
Para ser fines de septiembre, el clima era casi primaveral y los lobos marinos hacían su show de saltos y palmaditas ante el deleite de algunos niños y sus familias. Este refugio siempre me lleva a las secuencias finales de Catcher in the rye (El guardián en el centeno), de J. D. Salinger. Holden Caufield, su héroe adolescente, se acerca a un místico momento de gracia junto con su pequeña hermanita, en medio de tristes momentos de desarraigo familiar. Los niños ahora están mucho más presentes en las calles de la ciudad, a diferencia de otras décadas. Bienvenidos sean.
Desde el parque uno ve el increíble perfil de Manhattan hacia el sur, ahora con hoteles restaurados por árabes multimillonarios, donde no es nada raro pagar mil dolores diarios por una noche. Mi deleite primordial en esta ciudad eternamente reactivada por hecatombes de toda índole es precisamente constatar en mis visitas regulares que la gente no ha cambiado.
Los taxistas hablan el mismo idioma ininteligible. En el subway (a $ 2 la trepada) ya no hay los exquisitos grafitos de otros años y ahora sí disfrutamos el aire acondicionado, pero raperos puertorriqueños se cuelgan de las barras con un radio a todo volumen para después pasar el tarrito. Impresionantes mareas de turistas caminan entre las marquesinas de Broadway y hasta complican el tráfico, porque nadie respeta las señalizaciones.
El sándwich de pastrami en el Carnegie Deli se mantiene inigualable a
$ 13,95. Y ni decir del cheesecake. No hay ninguna dupleta igual en el mundo, y que ningún francés me venga a decir lo contrario. Uno sale después de una comedia musical como Mamma mía! con la adrenalina alborotada, pero más fascinante es poder meterse a Birdland inmediatamente, a pocas cuadras del teatro.
Allí hay música en vivo de Duke Ellington, con una orquesta de 17 músicos. O hacerlo después de pagar $ 10 en galeta en Carnegie Hall, subir a pie siete pisos y presenciar un concierto con la Sinfónica de Toronto, con un menú originalísimo: Kurt Weill y Shostakovich. La extraordinaria acústica de este auditorio debería ser declarada patrimonio mundial de la humanidad.
Vuelvo a Wall Street, porque desde septiembre 11 algunos residentes de ese sector volaron allá y cambiaron el concepto exclusivamente comercial del área para volverlo residencial. Allí estuve en la terraza de un departamento exactamente al frente del lugar del armageddon reciente: el New York Stock Exchange. Ahora está circundado por restaurantes suecos, hoteles boutique y agresivos ejecutivos veinteañeros que compran diminutos departamentos de millones de dolores, en edificios de oficinas restaurados por Philippe Starck.
Es el materialismo heroico que hablaba Kenneth Clark en su inmortal Civilización, que él finalizó en 1968 precisamente en esta ciudad, la capital del mundo occidental. Después de esto y aunque les duela a los improvisados profetas del socialismo del siglo XXI, nadie ha inventado otro horizonte igual para nuestro crujiente y adolorido planeta.