Es la capacidad histriónica, multifacética e hiperactividad de composición lo que lleva a Calamaro a encontrarse con su destino entre murallas sónicas de grosor inaudible.
Por un lado, los inicios de este músico fueron algo difíciles. Mientras que sus primeros discos como solista fueron apabullados sin misericordia por la prensa de su país, el cantante se sumergía en pleno trabajo con diversos grupos de rock y demás géneros, como si lo único que quisiera junto a él fuera una guitarra o estar cerca de un acordeón, el primer instrumento que tuvo el joven Calamaro.
Al tiempo que sus esfuerzos en solitario le valían el respeto de sus futuros colegas, el artista conoce a un centenar de músicos y vive las realidades de la escena musical. Ya cuando se une a la agrupación liderada por Miguel Abuelo, Los Abuelos de la Nada, Calamaro ya parecía un veterano. Él se convierte en el responsable de la composición de dos de los temas que le darían a la banda un éxito inmediato, Sin Gamulán y Mil horas.
Los años ochenta culminaban con un sabor agridulce, el que cambiaría cuando en 1991 viaja hacia España. Una vez ahí forma Los Rodríguez junto con Ariel Rot, Germán Vilella y Julián Infante. Con esta agrupación edita cuatro discos y vuelve a probar las alturas con el álbum Sin documentos.
Su perseverancia y talento nato lo llevan a publicar uno de sus documentos más sublimes, Alta suciedad. De este material se desprenden temas como Loco y Flaca, canción que quizá batió en número de presentaciones a Boys de Sabrina en el ‘Show de Bernard’.
Su hiperactividad yace en cada uña de sus manos y célula gris de su cerebro. Es como un niño en una escuela que no puede quedarse quieto. Si a esto le sumamos su fuente inagotable de creatividad y aquella enigmática fuente de inspiración, obtenemos El salmón, obra cumbre de Calamaro que se divide en cinco partes.
Solo aquellos artistas que llevan prolongadas carreras o grupos que tienen vocalistas muertos suelen sacar alguna antología con esta enorme cantidad y extensión de temas. Pero Calamaro prácticamente daba un punto final a su carrera, o así lo pensaba. El último disco de este proyecto llevaba por título Este es el fin de mi carrera, quizá no porque ese era su deseo, sino porque pensó que lo acribillarían de la misma forma que en sus inicios. Un trabajo que pudo haber sido descrito como pretencioso ha envejecido de manera magistral. Es en la exploración en la que se encuentra al salmón.
Su curiosidad lo lleva a descubrir su gusto por los boleros y su amor por los tangos, en El cantante (2004) y Tinta roja (2006). Con estos trabajos, no solo volvió a demostrar su versatilidad, sino que se alejó de la música que lo convirtió en este Dylan popular.
Vuelve al ruedo rock-poético con El palacio de las flores en el 2006 y un año después La lengua popular. Este último trabajo tiene más errores que aciertos, con un Calamaro que parece no encontrar su lugar en aquel sitial inventado por sus seguidores.
Los dioses no les cantan a otros dioses y en ese caso Calamaro ha compuesto un par de odas a su referente más cercano, Diego Armando Maradona. ¿Pero quién le canta a Calamaro? Sus colegas, sus amigos, su gente y sus fanáticos.
Entre alabanzas, salmos y cánticos, sus fieles lo reciben como héroe resucitado en aquellas plazas adonde en algún momento prometió regresar, como aquella última ofrenda de los dioses a los mortales. ¿Será este el fin de su carrera o el inicio de la resurrección?
Andrés Calamaro se presentará en Quito el jueves 23 de octubre en el Coliseo Rumiñahui.
EL AGUACATE en Radio City: FM 89.3 Guayaquil y FM 99.7 la Península, de lunes a viernes, 18:00