Lo más interesante de La Victoria de Junín y Canto a Bolívar son justamente los momentos en que, debajo de la carga de elogios al Libertador, nos encontramos con versos como estos: “un conquistador, el más humano / formar, mas no regir debe un imperio”.
La referencia a Bolívar es clara: lo exhorta a no gobernar las tierras liberadas, a no acumular poder. Lo ubica, también, en un espacio concreto: el militar (no el gobernante). Tener la suficiente sabiduría para saber qué hacer después del eufórico momento independentista es, nos dice la voz poética luego de una larga cadena de versos, “aun mayor hazaña / que destrozar el férreo cetro a España.”
Estas palabras empatan completamente con la actitud pública de Olmedo. El guayaquileño llevó siempre hasta las últimas consecuencias la que debería ser la función básica de todo intelectual: hablarle claro y de frente al poder. Esa actitud muchas veces le costó distanciamientos: con Bolívar, con Sucre, con La Mar, con su propio compadre Flores.
Hay quien divide a los intelectuales en dos bandos: los que están a favor y los que están en contra del poder. Lo cierto es que la actitud verdaderamente intelectual es la que en todo momento guarda una independencia crítica. Lo terrible es concebir el propio trabajo desde la lealtad o la sumisión; esto es: escribir bajo el temor a ser despedido, sin causar mayores problemas, cuidándose de no transgredir ningún límite, de no enfurecer a nadie.
El intelectual, a diferencia del artista, tiene que participar activamente de la vida pública: es imposible la huida hacia la abstracción, la trascendencia filosófica o los oscuros espacios del arte puro. Su deber es desarticular los discursos oficiales, las manipulaciones propagandísticas, los excesos de cualquier tipo. Y, sobre todo, nunca pensar que una ideología o cualquier consenso sobre la identidad regional o nacional proceden de un orden natural o divino: el intelectual debe mostrar en todo momento que aquellas no son otra cosa que realidades construidas, susceptibles de ser desmontadas, en ningún caso verdades inamovibles.
Es cierto que Olmedo ocupó varias veces cargos políticos. Durante su época, el campo intelectual y el campo político se hallaban inextricablemente relacionados (la autonomía entre ambos espacios solo empezará a ocurrir hacia finales del XIX). Para un personaje de la visibilidad de Olmedo era imposible no participar.
Así lo hicieron todos los intelectuales hispanoamericanos conocidos en ese tiempo. Lo notable es que su actitud política fue consecuente con su actitud como intelectual: tolerante, discreto, dispuesto a dialogar en todo momento. Nunca tuvo, además, una ambición de poder desmedida. En 1835, cuando todo apuntaba a que él iba a ser el segundo presidente ecuatoriano, rechazó la oferta y le cedió la presidencia a Rocafuerte. En este sentido, Olmedo es el intelectual decimonónico opuesto a Sarmiento (el escritor-presidente argentino, quien siempre se pensó a sí mismo como el “padre” indiscutido de su nación).
En un poema poco conocido, el poeta guayaquileño nos dice: “Nadie en su esfera / se puede contener; todos aspiran / a otra mayor”. Contenerse, en su caso, también significaba guardar cierta autonomía.
Como todo intelectual responsable, Olmedo sabía cuál era la institución que debía resguardar celosamente: la prensa. Refiriéndose en un ensayo a las ventajas del periódico (específicamente, el caso del diario El Patriota), termina por afirmar: “En los estados libres, la escritura debe gozar de la justa y natural libertad que en él tienen los dones celestiales del pensamiento y la palabra”. Decía también “que se exprese la opinión libremente, que se presenten los abusos del poder y de la magistratura, que se diga la verdad con firmeza”.
Olmedo reconoce, desde luego, que la prensa puede cometer abusos; pero asimismo afirma que los que abusan más de la libertad de prensa son justamente “los que no tienen idea exacta de la libertad civil, los que prefieren satisfacer una venganza al orden público, y los que no pueden sufrir bajo el yugo de las leyes”.
Llamo “la tradición de Olmedo” justamente a esta actitud intelectual de conservar, en todo momento, una postura independiente y crítica. Incluso cuando el poeta guayaquileño ocupó el cargo público, siempre mantuvo una autonomía de pensamiento y jamás se alió permanente y definitivamente con nadie.
De hecho, no sería aventurado afirmar que Olmedo rompió en algún momento con prácticamente todos los gobernantes a los que prestó sus servicios. Como dicen sus versos: “Sobre modos de fe, que el falso celo / dispute, y se enfurezca disputando. / Quien no hace mal, quien hace bien al hombre la religión profesa verdadera”.
Que lo importante es la integridad y el no casarse con ninguna religión o Dios, es algo que puede aplicarse por entero a su actitud intelectual. Sus palabras, además, nos recuerdan una de las anécdotas a las que el crítico cultural palestino-estadounidense Edward Said se refiere en sus Representaciones del intelectual.
Cuenta Said que, en 1949, Richard Crossman editó un libro titulado The God that failed (El Dios que fracasó). El texto estaba lleno de testimonios sobre intelectuales occidentales arrepentidos de haberse aliado sin la respectiva distancia crítica con el sistema soviético (entre ellos, Andre Gide, Ignazio Silone, Arthur Koestler).
Luego de explayarse sobre los entretelones de producción y recepción del libro, Said concluye: “Releer los testimonios recogidos en las páginas de The God that failed es para mí una experiencia depresiva. Quiero preguntar: ¿por qué como intelectual creíste en un Dios, el que sea? Y, además, ¿quién te dio derecho a imaginar que tu antigua fe y el posterior desencanto de esta fueron tan importantes? De por sí, la fe religiosa me parece profundamente comprensible y profundamente personal: es más bien cuando un sistema dogmático total, en la que una parte es ingenuamente buena y la otra irreductiblemente mala, sustituye al proceso, al toma y da del intercambio vital, cuando el intelectual laico experimenta la inapropiada intrusión de un ámbito en otro. La política, entonces, se convierte en entusiasmo religioso”.