Los seres de buena voluntad se preguntan siempre lo que pueden hacer por el prójimo. En muchísimos casos, la conciencia se alivia mediante donativos, limosnas. La moneda entregada al apuro en el semáforo representa una cuota de caridad ambigua, relativa. Caritas en la antigüedad significaba afecto tierno invalorable. Traduciría la expresión tan ecuatoriana “la amo como si fuera la pupila de mis ojos” por oculis carior. Suelo leer todo lo que puede traerme alguna luz, venga de donde viniere. Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est (Dios es caridad) insiste en que debemos “pasar de la potencia de amar al acto mismo”, recalca que existe una enorme diferencia entre la palabra griega eros para definir el amor de hombre a mujer y ágape: descubrimiento de otro ser para llegar a amarlo con alma y corazón.
De pronto recordé que al traducir del griego durante mis estudios secundarios tramos del Nuevo Testamento, me topé con aquel episodio en que Jesús, con sentido del humor, enlaza la triple negación de Pedro con la misma pregunta repetida tres veces: “Pedro, ¿me amas?”. El discípulo contesta utilizando el verbo griego philein (tener apego, afecto amistoso), cuando Cristo esperaba el verbo agapein mucho más comprometido con el amor absoluto. Por eso Pedro tiene que enfatizar: “Tú bien sabes que te amo”.
Este preámbulo me lleva a identificar el Hogar de Cristo con aquel compromiso de amar al prójimo sin caer en medias tintas, tibias caridades, limosnas, bonos limitados. Es entrega del cuerpo, el alma, el espíritu. Los pobres necesitan soluciones, no parches. Hogar de Cristo construye casas de madera que conllevan razonable comodidad; no son regalos, exigen mínima cuota de entrada, tienen precio superasequible.
Luego vienen los microcréditos mediante cooperativas que incentivan la posibilidad laboral para sostener la economía de los hogares. Esta doble fórmula, simple mas extraordinaria, funciona a plenitud. Para mí se enmarca dentro de un socialismo lúcido. Miles de casas han sido construidas, barrios enteros se han formado con filosofía de solidaridad.
Sabemos que los pobres no tienen acceso a ciudadelas cuyas cuotas aparentemente razonables lucen exorbitantes. Negar como solución la propuesta hecha por Hogar de Cristo carece de sentido. No sé por qué Rafael Correa no respalda semejante iniciativa. Si esperamos ver mañana la isla Trinitaria, el Guasmo y otras zonas de pobreza cubiertas con casas de cemento, estamos soñando despiertos.
Este martes 21 de octubre, en el Banker’s Club, se realizará una cena con la presencia de grandes artistas como Danilo Parra, Beatriz Gil, El Ghoul, Marina Salvarezza. Podemos adherirnos, dar un respaldo formidable a esta obra. Seremos socios de un proyecto positivo, razonable, humanísimo. Nos quedan dos días para demostrar que juntos podemos hacer algo para el prójimo más allá de iniciativas individuales.
Metámonos de cabeza en aquella iniciativa. Conoceremos al hermano Roberto, sabremos lo que es la verdadera caridad, la lucidez cristiana.
Sin amor al prójimo, ¿de qué sirve rezarle a Dios?