Según la revista Vanguardia, los asesores del Presidente de la República le llevaron a su despacho, hace un par de semanas, los resultados de un estudio secreto que reveló que los electores creen todavía que el primer mandatario quiere cambiar el país y que por eso lo apoyaron en el referéndum; pero al mismo tiempo están muy en desacuerdo con su mala costumbre de ofender a periodistas, banqueros y pelucones, y esperan que modifique su actitud.
Probablemente a eso se deba el cambio de las últimas semanas. El Primer Mandatario ya casi no grita ni se enoja los sábados. Debemos felicitarnos. Quizás ahora podamos discutir los problemas urgentes e importantes.
Por ejemplo, el impacto de la crisis económica. También en esto hay un cambio. El Presidente ya no repite que la crisis financiera mundial no le interesa. Es más, hace un par de días reconoció que deberá recortar ciertas inversiones importantes. (No incluyó, por supuesto, el avión presidencial de 35 millones de dólares y los aviones militares de 300 millones. Esos se comprarán con crisis o no).
Pero el Presidente insiste, en cambio, en que podrá solucionar los problemas dejando de pagar la deuda externa, y comete un error.
La propuesta de no pagar la deuda externa emergió en los años ochenta. Entonces, casi todos los países de la región estaban acogotados por los acreedores internacionales. La deuda alcanzaba cifras monstruosas. O pagábamos o comíamos, era así de sencillo.
Tomemos el año 1988 como muestra. La deuda equivalía al 130% del Producto Interno Bruto. Ni siquiera trabajando un año completo, ricos y pobres, sin cobrar salarios ni reclamar utilidades, habríamos podido pagar la deuda. Hoy en día la realidad es diferente. El impacto de los créditos internacionales es menor porque los precios altos del petróleo nos evitaron la necesidad de endeudarnos. En el 2007, la deuda externa sumó apenas un tercio del Producto Interno Bruto.
Así que esta vez, cuando la crisis arribe a nuestras costas, no tendrá su centro en la deuda. Podríamos vernos obligados a declarar una moratoria, como propone Correa, es cierto, pero será apenas un parche. Hoy el problema mayor está en otro lado.
Nuestra enfermedad actual es que somos un país que consume pero no produce. Si tenemos algo de dinero en los bolsillos es por las remesas de los emigrantes, por el precio del crudo y por los dólares del narcotráfico (que utiliza nuestro país para lavar su dinero), pero ya no somos el país bananero, camaronero, cafetero o cacaotero de años atrás. Ni siquiera alcanzamos a producir los alimentos que necesitamos. Nuestra industria está rezagada. ¿Zapatos? Los traemos del exterior. ¿Hamacas? Nos gustan las de China. ¿Libros? Los imprimimos en Colombia.
El remedio para la crisis, por tanto, pasa sobre todo por incentivar la producción. No se lo ha hecho desde hace unas tres décadas siquiera, cuando alguien decidió que el Ecuador debía convertirse en un paraíso financiero, y lo único que se consiguió fue la crisis de los bancos.
Correa tampoco se preocupa por la producción. En su lugar se ha dedicado todo el tiempo a impulsar aún más el consumo, regalando plata por todos los rincones para conseguir votos. Si la crisis estalla, ese modelo demagógico se derrumbará como castillo de naipes.