Los misioneros de la Iglesia católica promueven el amor a Dios lejos de sus lugares de origen.
Llegó a Uganda, África, en 1993, como parte de una delegación de misioneros combonianos. El padre Ramón Vargas Egüez, entonces de 31 años, promulgó el amor a Dios en comunidades azotadas por la guerrilla.
Omite detalles por la crudeza de la situación, pero refiere que apoyó espiritualmente a nativos que perdieron a sus familias entre las balas. Incluso cuatro de sus compañeros murieron durante los enfrentamientos.
Prefería viajar sin compañía hacia los poblados, porque –explica– si moría por el estallido de alguna mina, moría solo.
Así pasaron cuatro años de su vida en aquel continente, entre habitantes que hablaban lenguas diferentes a la suya, pero con los que luego aprendió a comunicarse. Muchas veces sintió deseos de irse, pero Dios, dice, le dio fortaleza para seguir su labor evangelizadora en aquellas comunidades también azotadas por el virus del sida.
Estas son algunas de las vivencias de este peregrino quiteño, que dentro de su formación religiosa eligió anunciar la palabra de Dios en poblados ajenos, al igual que 65 misioneros ecuatorianos repartidos en el planeta y que hoy celebran el Día Mundial de las Misiones.
Vargas pasó 18 años pasó fuera del país. Estuvo en Estados Unidos, Italia y Kenia (África).
Ahora es párroco de la cooperativa Las Malvinas, en el sur de Guayaquil, donde además de promover el amor a Dios dirige un dispensario e impulsa talleres de microempresa para que la comunidad aprenda la producción de leche de soya.
Su compañero en la parroquia es el padre Enzo Balasso, otro misionero comboniano, quien llegó de Italia al cantón El Carmen, Manabí, en 1993, a los 34 años. En el país, hay 1.374 evangelizadores extranjeros, según la oficina de Obras Misionales Pontificias, de la Arquidiócesis de Guayaquil.
Balasso habló de la palabra de Dios en poblados a los que llegaba tras horas de navegar por ríos. Luego estuvo siete años en San Lorenzo, Esmeraldas, donde con otros misioneros logró que se construyeran un hospital, un colegio y centros de formación artesanal.
Para él, la gente es el factor determinante del cambio. “Ellos se preparan para llevar adelante sus sueños e ideales. La tarea es forjarlos”, dice el párroco de la cooperativa Esmeraldas Chiquita, al sur.
Balasso motivó a los esmeraldeños con el fútbol. Abrió escuelas de este deporte, donde se formaron jugadores como Segundo Alejandro Castillo, quien milita en el fútbol inglés.
A Guayaquil llegó en el 2007, luego de seis años en Italia. Fue “recibido” con el robo a la iglesia, pero predicó y animó a los feligreses, que con donativos lograron recuperar lo perdido.
En estos días se dedican a pintar el templo. “En las misas, el padre nos enseña a que amemos a Jesús”, dice Carla Espinoza, vecina.
Vargas y Balasso forjaron su vocación religiosa desde jóvenes, con la determinación de llevar a los rincones del mundo el amor de Dios.