Alertamos sobre el peligro que entrañaba la Vinotinto
y todos los volcanes ecuatorianos tosieron lava. Ganó Venezuela 3-1.
“El nacionalismo es una catástrofe”, sostiene Mario Vargas Llosa. Y en el caso del fútbol, agregamos, una ceguera. “El nacionalismo es una ideología colectivista que convierte en un valor el accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una persona”, amplía el novelista peruano.
Ejemplificando: es como si este periodista, por ser argentino, escribiera “¡Qué bien juega Argentina, qué bonito!”, cuando todos podemos ver que es un espanto futbolístico. El estúpido nacionalismo nos haría decir que Chile no mereció vencer a la selección de Basile, cuando en realidad debió devolverla detrás de la Cordillera con dos goles más.
Ningún medio uruguayo hizo alusión a la reciedumbre desmesurada de su selección en el partido frente a Argentina. Nadie vio el concierto de patadas, codazos, planchas, topetazos adrede de los celestes… Es la venda del nacionalismo.
Ningún medio colombiano reprochó al juez Lunati el legítimo gol anulado a Cabañas que hubiera significado el segundo gol paraguayo.
En Argentina ha florecido en los últimos años una tonta corriente para ridiculizar a Pelé (¡A Pelé…!), con el obvio afán de entronizar a Diego Armando Maradona. A nadie en Colombia le gustará escuchar que sus jugadores no patean al arco. Es una verdad de cemento, pero una verdad odiosa, da una idea de fragilidad.
Cierta vez conversamos con un periodista inglés sobre la polémica Copa del Mundo de 1966 ganada por Inglaterra, en el cual los árbitros fueron más humanos que nunca: se equivocaron feísimo. Y siempre a favor del local. ¿Qué se cuenta de aquello?, preguntamos. Su respuesta: “Hay una especie de ley nacional no escrita que dice: de eso no se habla”.
Cuando se trata de la Eliminatoria, ese nacionalismo se exacerba hasta límites absurdos. No hay que responsabilizar al fútbol de lo obtusa que puede ponerse la gente en estos casos. Es culpa de la gente nomás.
El fútbol es un juego inocuo y hermosísimo.
El público espera del periodista la canción que más le agrada: la del halago. Si el periodista no halaga es enemigo, un hereje. Interpreta una opinión futbolística contraria como un ataque a la patria.
En Ecuador, muchos pensaron que el juego ante Venezuela estaba ganado antes de jugar. Escribimos un artículo alertando el peligro que entrañaba la Vinotinto. “Posee cuatro o cinco jugadores hábiles y creativos que Ecuador no tiene”, opinamos. ¡Para qué…!!!! Todos los volcanes ecuatorianos, enojados, tosieron lava. Nos llovieron correos con dardos: Que “qué se cree usted, Ecuador siempre ha sido más que Venezuela…”, “Nuestros jugadores son muy buenos…”, “De dónde saca usted…”, “Sea más objetivo…”
Ganó Venezuela 3-1. Y sin despeinarse.
Perú ha quedado último en la tabla, aislado del resto. Ricardo, buen amigo peruano residente en Londres, nos escribe amargamente: “Estoy triste, con rabia, ¿tan malos somos…?” Ricardo no lo circunscribe sólo al fútbol, habla como pueblo.
¿Por qué el fútbol sensibiliza tanto los sentimientos patrios? Ninguna otra actividad humana representa tan cabalmente la identidad nacional.
El fútbol requiere de talento, inteligencia, picardía, habilidad, potencia, coraje… Una suma de valores que, combinados, conducen al éxito. Un tenista, un remero, un boxeador, no necesariamente personifican a una nación; en cambio el carácter colectivo del fútbol permite afirmar que una selección es reflejo de la población de un país.
Por ello el público nunca admitirá que sus futbolistas son malos. Antes demonizará al técnico, a los directivos, a los árbitros, a la FIFA, a la prensa… Decir “nuestros jugadores son incapaces” equivale a afirmar “nosotros somos malos”. Nadie lo hará.
Si a una persona que no visitó nunca Alemania le preguntan cómo son los germanos dirá: “Fuertes, tenaces, combativos”. Lo deduce de verlos jugar a la pelota. ¿Alguien se animaría a decir de un país campeón mundial de fútbol que es un pueblo de flojos, de ineptos…?
“La selección es la patria misma”, sentenció Obdulio Varela, el gran capitán uruguayo en el Maracanazo. Sublime. Pero quitémonos la venda del nacionalismo: si otros son mejores que nosotros, aceptémoslo.