Domingo 19 de octubre del 2008 Religiosa y Obituarios

Lo de Dios y lo del César

Dios y yo

Los soberbios fariseos, por tratarse de un usurpador, no podían ver a Herodes ni en pintura. Sin embargo, no tenían más remedio que aguantarle como Rey. Porque sus partidarios –los odiosos herodianos– tenían un triple oficio: observar, valorar y avisar. De modo que los herodianos, por culpa de servir al Rey, eran también detestables.

No obstante esta animadversión, para hacer caer en una trampa a Jesucristo, fariseos y herodianos se juntaron. Y después de mucho discutir, concordaron en ponerle ante un dilema comprometedor: ¿se podían dar al César los dineros necesarios para sostener el poderoso ejército de ocupación, o debían oponerse a tal abuso?

Para ellos la pregunta era perfecta. Porque respondiera lo que respondiera, podía ser acusado. Si decía que sí, le presentarían como opuesto al pueblo y a la ley; y si decía que no, lograrían que la autoridad romana lo considerase peligroso.

Para empezar la exposición de la engañifa, comenzaron adulando: “Maestro –dijo el de la voz cantante– sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea”.

Jesús oyó el hipócrita proemio con paciencia, y permitió que prosiguieran con su ladina pregunta. Y cuando terminaron, no teniendo consigo ni una sola moneda, pidió que le mostraran una. Se fijó en la efigie que tenía en uno de sus lados y reclamó que le dijeran qué decía la inscripción que ella llevaba y a quién pertenecía aquella cara.

Cuando le respondieron que del César, Jesús les contestó lo que sabemos: “Pues den al César lo del César. Y a Dios, lo que es de Dios”.

Siempre se han considerado estas palabras como un principio del obrar social de los cristianos: deben dar a quien gobierna la ayuda de su leal obediencia, de su servicio desinteresado, de la plata imprescindible para que promueva el bien común. Pero no le pueden dar lo que es de Dios.
No pueden ir contra conciencia. De modo que si saben que una ley no es compatible con la Ley de Dios, no pueden obedecerla. No tienen más remedio que incumplirla. Porque en el fondo, siendo injusta, se trata de una falsa ley.

Se puede usted imaginar la confusión que padecieron los tramposos.
Pero es mejor que considere en su oración lo sumamente claro que tenemos el camino los cristianos.
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