Hubo un tiempo en que la Ciudad de las Estrellas fue un lugar inexistente, una base militar secreta al noreste de Moscú que no aparecía en los mapas.
La Unión Soviética entrenaba ahí a sus astronautas para que pelearán en el campo de batalla más elevado de la Guerra Fría: el espacio.
No obstante, en últimas fechas, la Ciudad de las Estrellas es el sitio de la difícilmente ganada asociación orbital de Estados Unidos con Rusia, donde los astronautas se entrenan para volar a bordo de las naves espaciales Soyuz. Además, dentro de dos años, la Ciudad de las Estrellas será el único lugar que envíe a astronautas de cualquier nación a la Estación Espacial Internacional.
El inter va lo está próximo: desde el 2010, cuando la NASA le pondrá fin al programa de transbordadores espaciales, hasta el 2015, cuando se prevé que esté lista la siguiente generación de naves espaciales de Estados Unidos, la NASA anticipa no tener capacidad de vuelos tripulados y tendrá que depender de Rusia para llegar a la estación de 100.000 millones de dólares, al comprar asientos en las naves Soyuz como lo hacen los turistas espaciales.
Al tiempo que la NASA celebra su aniversario número 50 este mes, el lapso entre el plan de la Administración Bush para retirar de servicio a los tres transbordadores espaciales y trabajar en un regreso a la Luna, ha colocado al programa espacial al centro de la política nacional y de la controversia geopolítica.
Los senadores John McCain y Barack Obama han denunciado este lapso y promovido su compromiso con el programa espacial en viajes a Florida, donde miles de trabajadores perderán sus empleos cuando llegue a su fin el programa de los transbordadores.
Y el antagonismo entre Estados Unidos y Rusia, por el conflicto en Georgia y a otras cuestiones, nubla el futuro de una sociedad de 15 años en el espacio, cuando la NASA dependerá más que nunca de Rusia.
Michael D. Griffin, administrador de la NASA, ha llamado a la situación “inapropiada en extremo”. En un correo electrónico que le envió a sus asesores de alto nivel, en agosto, Griffin escribió que “los acontecimientos se han desarrollado de una forma que deja claro lo insensato que fue que Estados Unidos adoptara una política de depender deliberadamente de otra potencia”.
A Griffin eso le preocupa lo suficiente como para ordenarle a su personal explorar la posibilidad de seguir volando los transbordadores más allá del 2010.
Lo hizo, dijo en una entrevista el mes pasado, “aproximadamente cinco minutos después de que los rusos invadieron Georgia, porque ya veía venir esto”. Sin embargo, advirtió que cualquier extensión sería costosa y podría retrasar aún más el regreso de la NASA a la Luna, así como amenazar el papel de Estados Unidos como potencia líder en el espacio.
En septiembre, China realizó el tercer lanzamiento exitoso de su nave espacial Shenzhou VII, así como la primera caminata espacial. El Gobierno chino ha informado que espera establecer una estación espacial y, con el tiempo, realizar un alunizaje. Estados Unidos planifica regresar a la Luna para el 2020; algunos observadores creen que China podría llegar antes.
Estados Unidos ha tenido periodos en los que sus astro-nautas no podían llegar al espacio: desde el final del Programa Apolo, en 1975, hasta el inicio de los vuelos en transbordador, en 1981, así como durante más de dos años después de la pérdida de los transbordadores Challenger, en 1986, y Columbia, en el 2003. Sin embargo, el intervalo que está por venir podría ser el más prolongado si la introducción de los nuevos cohetes de la NASA se retrasa significativamente.
Bajo el plan de la Administración Bush, la NASA dejaría de usar la flota de transbordadores envejecidos y peligrosos y pasaría a un nuevo programa de lanzamientos, el Constelación, creado en torno a cohetes Ares y cápsulas Orion que están diseñados a devolver a los astronautas a la Luna e incluso explorar asteroides cercanos a la Tierra y Marte.
Para pasar de un programa a otro sin inflar el presupuesto anual de 17.000 millones de dólares de la NASA, el Gobierno estadounidense decidió eliminar gradualmente el programa de transbordadores y poner mayor énfasis en el proyecto Constelación. La decisión siempre ha sido descrita como difícil, pero en meses recientes, las críticas se han intensificado.
Aún cuando los aspectos generales de la brecha fueran conocidos desde poco después de que Griffin comenzó a dirigir la agencia, en el 2005, el comandante Scott J. Kelly, de la Armada de Estados Unidos, astro-nauta que ha realizado dos viajes en órbita, advirtió, en abril, que el hecho de que su país no pueda enviar humanos al espacio en sus propios cohetes resultaría impactante.
“Una gran parte del público estadounidense va a quedar sorprendido y la gente clamará: ‘¿quién permitió que sucediera eso?”