sábado 18 de octubre del 2008 Columnistas

Por fin, ‘Las tres ratas’

Cuando estudiamos la obra de Pareja Diezcanseco, siempre nos encontramos con el dato de que su novela Las tres ratas habíase convertido en película, a escasos dos años de su publicación en la editorial argentina Losada. Pero era un dato muerto porque jamás estuvimos cerca de la oportunidad de apreciar el filme. La devoción por un escritor, por unos libros señeros, lleva a abrir todas las puertas que nos permitan conocer sus incalculables multiplicaciones.

Por eso fue una excelente noticia que la Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas nos pusiera, y de manera gratuita, la película frente a los ojos en esta semana de homenajes al escritor. Resulta insólito descubrir –como lo revela el elocuente programa de mano de la función– que una versión de ella, en formato de VHS, había reposado “en los archivos del despacho de la presidencia” quién sabe por cuánto tiempo y no se haya entregado al público. La iniciativa conjunta de Rosa Amelia Alvarado, flamante presidenta, y de Jorge Suárez, responsable de los programas de cine, nos regalaron la tan esperada oportunidad.

Pese a mi veteranía en lides literarias y cinematográficas, me dejé llevar por un excesivo entusiasmo previo. Sé, como cualquier espectador avezado, que el hecho de cine es libérrimo y que la pieza narrativa de base da una materia prima con la cual se materializa una segunda creación. Pero la historia de las hermanas Parrales, de altiva progenie liberal, auténticas heroínas de la vida y luchadoras empapadas de ideas políticas, estaba muy fresca en mi memoria por motivos de cercanísima relectura. También era ingenuo esperar que el trabajo de un director argentino –que haría los correspondientes traslados de ambiente, habla y fisonomías– estuviera demasiado próximo al dramático recurrir de los personajes.

Me encontré con una cinta de cine negro, con actuaciones declamadas e historia comprimida. Acepté el estilo de los años cuarenta en materia de cine, la controlada entonación argentina de los actores, esas decisiones de producción que aporta la nueva creación. Pero cuando vi que las bravías y dignas muchachas de Daule se habían convertido en damas de sociedad venidas a menos, atrapadas en caracterizaciones estáticas que negaron una de las delicias de los personajes de cualquier ficción, la capacidad de cambiar y ser moldeadas por el avatar de las circunstancias, me distancié en el acto de la película. No es mediocre porque se aparta de la novela, lo es porque hace de sus protagonistas sombras femeninas, modelos al servicio de tres arquetipos de feminidad: el de la sacrificada, de la veleidosa y de la ingenua.

Cuando Pareja introdujo en su novela el insulto que un abusador le endilgó a la segunda de las Parrales por no dejarse utilizar, y que mancharía la imagen de las tres hermanas, llevaba el cuarenta por ciento de su drama desarrollado: eran “ratas” por acompañar a los hombres en diversiones, por recibir regalos de ellos. En la película, el apelativo, apresurado y sobredimensionado, no se sostiene. El incierto equilibrio entre la lucha por la sobrevivencia, la sed de placeres y el asalto de la adversidad, no se produce como para convencer, y las tres mujeres son solamente tres muchachas presionadas por las miradas masculinas porque son bellas.

Sin embargo, agradezco la ocasión de haberla consumido. Como sugirió Jorge Suárez, hay filmes que no podemos dejar de ver. No se ha repetido en la historia de la cinematografía extranjera, que una pieza literaria ecuatoriana haya sido tomada en cuenta. Ese solo hecho debe complacernos.
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