sábado 18 de octubre del 2008 Columnistas

En el artículo 25

No importa si vamos al supermercado en Guayaquil, en Caracas, en Madrid o en Buenos Aires, en todos encontraremos alimentos industrializados de las mismas marcas, que con sus productos llegan a los mercados de todo el mundo. Están en todas partes y para lograrlo han tenido que emplear tecnología, fertilizantes e insecticidas, de cuyos beneficios para la salud humana existen algunas dudas y en ciertos casos la certeza de los daños que causan.

Producen en gran escala ciertamente y, sin embargo, en 1960 existían en el mundo 80 millones de personas que pasaban hambre, hoy, se calcula que son 880 millones. Según la FAO, solo en los dos últimos años, a causa de la sustitución del cultivo de alimentos por el de agrocombustibles, la cifra creció 80 millones.

Los países agrícolas fueron perdiendo su capacidad de alimentarse a sí mismos porque la tierra se destina a los cultivos que las grandes empresas de alimentos solicitan para industrializarlos.

Al mismo tiempo fueron cambiando las costumbres. Ya no se compra la naranja para hacer el jugo sino que se lo busca en una botella o en un envase de cartón, con una diferencia, este tiene conservantes y es más caro y su precio puede mantenerse o subir según lo disponga el fabricante que provee a muchos países y que a veces privilegia los mercados más grandes, con lo que puede darse la paradoja de que alguien que produce un alimento tenga dificultad de acceso a él pues la empresa que lo industrializa y lo vende puede elegir el lugar donde el negocio es más rentable.

La necesidad de que la tierra produzca más rápido y más barato para que el negocio sea mayor lleva al uso a veces no cuidadoso, ni responsable de pesticidas y fertilizantes y, en consecuencia, no solo al daño a quien lo consume sino al debilitamiento de la tierra.

No es coincidencia que al mismo ritmo que aumenta el hambre en el mundo, crece el éxodo del campesino hacia las ciudades y de los habitantes de los países más pobres hacia los más ricos. Generalmente buscan satisfacer sus necesidades básicas, entre ellas, el derecho a la alimentación consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el artículo 25.

El nuestro es un país naturalmente rico y de producción diversa y complementaria, no permitamos que crezca el hambre. Exijamos políticas que permitan aumentar la producción de todo lo que es nuestra alimentación básica para ponerla al alcance de todas las familias ecuatorianas. Aprovechemos la fertilidad de nuestro suelo.

Escribo esto, el 16 de octubre Día Mundial de la Alimentación porque creo que corresponde a cada ciudadano contribuir de diversas maneras a erradicar el hambre de nuestro suelo y ojalá del mundo.

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