viernes 17 de octubre del 2008 Columnistas

La Comunidad Andina

El martes de esta semana se reunieron en Guayaquil los presidentes de Bolivia, Ecuador y Perú para tratar una cortísima agenda referida a las relaciones con Europa de la agónica Comunidad Andina de Naciones, cuyo deceso práctico –aunque no formal– algunos ciudadanos ilusos no quieren admitir. Porque la realidad es que el Acuerdo Subregional Andino nacido hace casi 40 años (después de pocos meses cumplirá esa edad), hace mucho tiempo que no funciona, no rinde homenaje a la integración con la eficiencia de un mercado común ni como una verdadera comunidad de países al estilo de la Unión Europea.

Me correspondió por el lapso de un año presidir el órgano máximo de esa agrupación internacional cuando todavía se llamaba Pacto Andino-Acuerdo de Cartagena y tenía otro esquema pues se administraba por medio de una Junta integrada por tres especialistas provenientes de sendos países, quienes tenían por encima de ellos, jerárquicamente, una Comisión formada por los plenipotenciarios de los cinco miembros del convenio (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela), pero desde entonces –hace más de 25 años– hasta ahora, los socios andinos han tenido serios problemas para tomar decisiones uniformes en complejos temas económicos o para respetar con rigidez las reglas pactadas.

Las dificultades económicas internas de cada país y las tormentas políticas frecuentes en nuestros estados no han permitido desarrollar un proyecto de integración que se creó bajo signos auspiciosos pero cuyo ambicioso plan que incluía programas industriales compartidos jamás pudo alcanzarse, y ni siquiera en lo puramente comercial el tratado ha sido exitoso, como pueden decirlo quienes se han acogido o han querido acogerse bajo sus normas.

Cada vez que algún país de la subregión ha tenido turbulencias políticas internas o desarreglos presupuestarios (que nunca dejarán de existir por el tamaño de nuestros economías y negocios y recursos, además de nuestra permanente dependencia), se han incumplido los compromisos adquiridos dentro de una Comunidad Andina que –doloroso es decirlo para quien, aunque sea temporalmente, formó parte de ella– ha servido de poco para el progreso de las naciones asociadas.

No parece posible que Chile, quien viste pantalones largos en varios aspectos de su vida como Estado comparado con sus pares de la zona sudamericana, decida reingresar a una aventura andina que ofrece un futuro incierto, y también es algo remoto que la Unión Europea acepte “que la negociación avance en bloque pero con la condición de que exista ‘flexibilidad’ para que Ecuador y Bolivia no se adhieran a aspectos comerciales con los que están en desacuerdo”. Serán, digo yo, todos los países sin restricciones o convenios bilaterales con algunos.

Solo la CAF (Corporación Andina de Fomento), brazo financiero de la organización, se salva de un comentario de escepticismo pues esta institución ha sido una herramienta eficaz para ejecutar muchos proyectos de desarrollo en todos los países andinos, conducida siempre con profesionalidad y con responsabilidad técnica que la ponen como ejemplo de organismos de esta clase a nivel mundial.

La Comunidad Andina solo podrá evitar su desaparición si sus miembros muestran una inquebrantable voluntad política de apuntalarla y de hacer cesiones en beneficio común, sacrificando intereses individuales –lo cual es muy difícil dada la coyuntura– con mayor razón ahora que uno de sus ex socios, Venezuela, le sigue serruchando el piso al mirar sonriente hacia otros lados, como la incipiente Unasur.

La CAN tiene hipos de muerte.
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