viernes 17 de octubre del 2008 Columnistas

Duele Bolivia

¿Puede doler otro país? Sí, especialmente cuando lo que vemos en él funciona como espejo del país propio. Así, el viajero que anda por La Paz, Sucre y Santa Cruz respira un aire rarificado por los resquemores políticos: en Bolivia la política ha dejado de ser un instrumento para plasmar logros mancomunados; la política, por el contrario, es el motivo por el cual la nación se va desmembrando de a poco, sin importar dónde un ciudadano se alinea ideológicamente porque el racismo exhibe muchos rostros: las 37 “naciones originarias” se hallan constitucionalmente diferenciadas de los no-indios; si ayer el oprobio lo padecían los indígenas, quienes ahora no puedan probar una pureza de sangre nativa van a ser apartados de la escena social.

La película documental El estado de las cosas, del realizador Marcos Loayza, presenta 60 entrevistas con diversos actores de la vida pública boliviana: allí aparecen políticos en ejercicio, sindicalistas, mineros, representantes de ONG, artistas, dirigentes campesinos, feministas, empresarios capitalistas, ex diputados, líderes de pueblos originarios, niños de la calle, etcétera, que dan testimonio de las expectativas que ellos y ellas abrigaban en torno a su Asamblea Constituyente. El optimismo que los animaba forma un duro contraste con el desconsuelo real de hoy. El filme se convierte en una suerte de expedición a un pasado lejano y remoto, en la crónica de una derrota colectiva en la que pierden un pueblo, un país y una región a la que también nos pertenecemos.

En Bolivia, antes de la Asamblea, según la película, había esperanza, había ganas de cambio, había discursos para modificar el estado actual de las cosas, había pedidos para no perder de vista una concertación, había apoyo a los asambleístas, había ilusiones para que se respetaran las diferencias; había sueños de unir ideales, había la conciencia de que lo principal era construir sin destruir a nadie, había el anhelo de que se reconociera el derecho de los más necesitados y los postergados por los poderes de siempre, había un pueblo entregado al sueño de un país que por fin caminaba y que sus trancos eran para bien de todos. Sin embargo, los niveles de intolerancia de la sociedad boliviana de hoy permiten concluir que las ilusiones se han desvanecido por las posturas fundamentalistas de los bandos.

El motivo del dolor es que se trata de un país de culturas asombrosas y milenarias que no solo sobrevivieron a miles de metros de altitud, como nadie en el planeta, sino que fueron capaces de pulir la piedra con magnificencia, en el altiplano y en el llano; un país de insólitas obras de ingeniería; un país con una literatura nacional de las más sólidas de América Latina; un país con ciudades-misiones desde las cuales se han erigido utopías del nuevo mundo; un país con paisajes impresionantes que hipnotizan al expedicionario y al novelista que se estremecen en el salar de Uyuni, el lago Titicaca, las cordilleras nevadas, el oriente feraz. Pero lo que el caminante siente es que la convivencia social se ha vuelto una dificultad y se han lesionado la paz entre hermanos, sus pertenencias y tradiciones. Bolivia es nuestro espejo. Un reflejo raro, es cierto, donde no se sabe si observamos nuestro pasado, presente o futuro.
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