Ayer la puse por tercera vez, cenando en la tranquilidad de mi casa y engañado al pensar que, luego de ver los primeros 15 minutos, subiría a escribir esta columna.
Llegué hasta el final –el niño perseguido dentro de un gigantesco laberinto–, soportando estoicamente la tensión, mientras de a poquito una idea crecía en mi cabeza: Samborondón es ese laberinto.
Llevo casi 30 años viviendo aquí, desde la época de cuatro calles asfaltadas y bicicletas tiradas sin miedo en plena calle. Desde los días de pesca a orillas del río Guayas, entre matorrales y a puro lodo, hasta que la caída de sol dictaba la hora de volver a casa.
Desde cuando eran solo montes y manglares lo que hoy es McDonald’s y un montón de discotecas. Antes de las fortalezas, la iglesia y el cementerio triple A. Antes de las multiplazas, los multicines y los multiasaltos.
El resplandor laberíntico in crescendo que es Samborondón versión 2008 –un rompecabezas de cercas gigantescas, calles sinuosas con muchos autos pero poca gente y ciudadelas que solo les falta un mapa para recorrerlas sin perderte– está llegando peligrosamente a convertirse en un alegre y aséptico espejismo de la realidad; esa que dejamos atrás cada vez que cruzamos un puente. No puedo negarlo, vivo aquí y la mayor parte del tiempo me gusta. Cuando camino con la tranquilidad de que, probablemente, no voy a morir aplastado. Cuando puedo dormir por horas sin estar expuesto a los altos decibeles que se quedan al otro lado del río. Y principalmente cuando, después de trabajar como el común mortal que soy en la ciudad, regreso a la calma de casa, a la brisa y a las dos o tres iguanas que todavía dan la vuelta sobre los árboles frente a mi ventana.
Lo que no me gusta es pensarme –y que me piensen– dentro de una burbuja. Encerrarme, así sea teóricamente, en algo que no es la vida real: simplemente es un paréntesis a ella. Por eso rechazo el recién acuñado término pelucón y, más aún, rechazo el juego posmoderno de lucirlo con orgullo. Creo que tanto a un lado como al otro, todos vivimos los mismos problemas del tercer mundo en el que nos tocó aterrizar. Simplemente, unos estamos por aquí y otros están por allá. A algunos les gusta más aquí y otros, puedo jurarlo, nunca jamás traicionarán vivir allá. Cuestión de feeling... y de geografía.
Ahora lo pienso mejor y tal vez la cosa no sea tan terrible como en la película de Kubrick.
Las estadísticas indican que cada día más personas entran a este laberinto de lagunas artificiales y cemento para escaparse. El problema es que, al parecer, la gran mayoría no desea encontrar nunca el camino de vuelta. O peor aún: buscan olvidarlo. Y como buen sambo que soy, eso sí me da un poquito de miedo.