miércoles 15 de octubre del 2008 Columnistas

Los deberes

Tatiana amanece a la vida y baila. No importa el ritmo, su cuerpo encuentra los pasos ancestrales, esos que nacen de adentro, de la comunión con la música que cada ser humano lleva adentro. Se entrega a la melodía con pasión, con desborde, con gracia, con fluidez. Y aprende, aprende espacio y tiempo, aprende silencios y palabras, sabe de cansancios gozosos, de viento y de mar... Mira su imagen moviéndose reflejada en una televisión apagada y sonríe y ríe.

Pero Tatiana también sabe de cansancios aburridos, que hacen bostezar y preguntar: ¿falta mucho? Esos que producen la repetición monótona de los saberes que los mayores enseñamos. Esos que son necesarios pero a los que hemos privado de encanto y de magia.  Esos de deberes laaaarguísimos, de quince hojas a comprender y responder en el feriado de las fiestas de independencia de la ciudad. Que pone a toda la familia de mal humor, porque no se puede salir, hay que ayudar en la tarea. Esos, que si no se quiere hacer trampa y responder a nombre de ella, necesitan explicaciones, acompañamientos y mucha paciencia. Que se convierten de a poco en tortura: ¡los deberes! En lugar de significar la sorpresa de lo que se entiende es la tarea engorrosa de la repetición de aquello que le ha llevado a la humanidad miles de años aprender, que deberían ser un momento de acción de gracias por el privilegio de compartir conocimientos.

Inventamos una manera de hacerlo atractivo: si aprendes a leer y a escribir podrás hacerlo en tu diario, ese que es solo tuyo y en el que puedes escribir lo que quieras, lo que sientes, lo que amas, las cartas para tu mamá que está ahora en tu corazón porque falleció hace pocos días, pero las mamás no se van, se quedan en el corazón de sus hijos…  El candado de su diario es la llave de sus secretos.

Y así empieza a amar las letras y las palabras. La b es una señora embarazada me dijo, lleva adentro la v pequeña… Estoy atenta a esperar los demás descubrimientos que hará. Porque lo importante es que aprenda a pensar cosas diferentes, que vea el mundo desde realidades distintas. Los niños pueden ser profesores excelentes, no han sido todavía domesticados por el sistema, ese en el que nos empeñamos en fusionarlos para hacerlos adecuados a él. Ese que está saltando en añicos en manos de otros seres humanos domesticados para mantenerlo.

Las generaciones mayores enseñan a las nuevas las recetas que funcionan y está bien. Es necesario no pensar en todo lo que hacemos, es preciso poder caminar, escribir sin estar pendientes de los movimientos necesarios para lograrlo, pero también es necesario despertar el interés por los caminos no recorridos, por lo todavía no conocido. Algo está mal en lo que los adultos transmitimos a los más pequeños. Los educamos para el sistema, para ser acordes a él, para ser los primeros, para tener una profesión que dé dinero. Pocos aceptarían que sus hijos quieran ser bailarines, músicos, cantantes, esas profesiones son para los tiempos libres, no son serias… Sin embargo la seriedad nos ha llevado al borde del colapso… Hace falta educar no solo la razón sino sobre todo el corazón, ese que sabe de razones que la razón no sabe. Ese que no acepta la obscenidad de las guerras, los insultos y las intrigas del poder para tener más poder. Ese que descubre el embarazo de una letra… y la belleza de una hormiga.

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