martes 14 de octubre del 2008 Columnistas

El crac y la gente

La deblace de Wall Street ha resaltado ciertas características del norteamericano medio. Una fe inamovible, acompañada de una ingenuidad edénica, lo ha llevado a creer a pie juntillas en la supuesta bondad, solidez y probidad del “mercado libre”. Son millones los que confiaron a la banca y las financieras el resguardo de sus pensiones jubilares y sus ahorros. Millones los que creyeron posible mantener una vivienda adquirida mediante un préstamo hipotecario que redimirían con esforzado trabajo en unos años. Millones los que no quisieron ver cómo crecía la burbuja inmobiliaria (y su riesgo evidente) o no se percataron cómo el mercado especularía insensatamente en ese negocio. Todos ellos, con la debacle, han perdido sus casas o arriesgan perderla, o bien verán esfumarse sus pensiones jubilares. Y eso para no hablar de la legión de los que han perdido su trabajo.

Pero el norteamericano disfruta del miedo. Así como goza, susto tras susto, en las montañas rusas de Disney World o en las infinitas películas hollywoodenses de asesinatos y guerras, ahora su pánico ha empujado a Wall Street al filo del abismo. ¡Se paga por disfrutar del espanto! De hecho, hoy queda un cadáver para los fastos del miedo: ha muerto el glamour de un “mercado libre” que, fomentado y manipulado por los apóstoles del neoliberalismo, podía dizque prosperar librado a sus prácticas desenfrenadas e incontroladas, que permitieron a banqueros y financistas ganar inescrupulosamente fortunas colosales, quebrando de paso a poderosas y viejas instituciones financieras norteamericanas.

Ahora el gobierno ha debido intervenir en los cotos de caza privados de la banca para hacerse perdonar ese pecado de lesa dogmática capitalista. El Estado invertirá 700 mil millones de dólares de los contribuyentes (vale decir, de las víctimas) en rescatar a Wall Street, a cambio de regulaciones destinadas –dice el gobierno– a conjurar la codicia ilimitada, la corrupción y el abuso especulativo de aquellos que causaron el desastre. Y promete el gobierno que con semejante rescate evitará más perjuicios al contribuyente, aquel norteamericano medio que confió en su sistema y cuya casa ha sido embargada, ha visto liquidadas sus pequeñas o medianas inversiones o ha perdido su trabajo. Pero el crac financiero también ha resaltado una singular ceguera defensiva: encapsulado en su cultura y sus valores, el norteamericano medio no percibirá, sino acaso remotamente, el gigantesco daño que su sistema, condicionado por intereses privados descomunales, ha ocasionado al resto del mundo. ¿Imposible esperar cambios en su mentalidad y su ceguera? ¿Seguirá el norteamericano creyendo en las promesas del mercado libre y permanecerá obsecuente sufriendo el descalabro económico hasta que logre olvidar, una vez más, las tribulaciones del sistema y sus catastróficos manejos?

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