BUENOS AIRES
No es la primera vez que la muerte del capitalismo ha sido anunciada. Ya en otras ocasiones su obituario ha sido escrito y proclamado por profetas de toda especie. Unos sin poder esconder su alegría, otros sin ocultar su angustia, hablaron a los cuatro vientos de derrotas y tragedias que nos esperaban a la vuelta de la esquina. Con el pasar del tiempo todos ellos se encargaron luego de explicarnos por qué el capitalismo aún subsistía.
Al igual que lo sucedido con sus anteriores muertes, la que hoy estamos presenciando, y que implica una innegable crisis, terminará por superarse. Será superada por las mismas instituciones que han sido históricamente las guardianas de su enorme desarrollo e impresionante expansión. El actual reencarrilamiento de la locomotora capitalista tendrá lugar en el escenario que la vio acelerarse durante los últimos años. Como sucede con toda crisis, la presente también representa una oportunidad para hacerle algunos ajustes a tan compleja maquinaria.
Por un lado, la proyección global del capitalismo ha producido una penetración geográfica tal que detrás de Nueva York, Londres y Tokio hay ahora una segunda y hasta tercera ola de naciones que siguen corriendo, aunque con matices propios, por los mismos andariveles de las economías de mercado. Ni Rusia, India, Chile, Indonesia o Brasil –solo para nombrar unas pocas– están pensando en renunciar a lo que ellas ven como un destino irreversible.
Por el otro, será un proceso libre de un paradigma ideológico que se presente con serias credenciales como una alternativa.
Pero será también una tormenta que pondrá a prueba la capacidad de adaptación y sobrevivencia. A la invisible mano de Adam Smith y a la más visible de Keynes, habrá que contar con el espíritu de otro inglés: Charles Darwin.
Sobrevivirán los mejor preparados. Aquellos gobiernos cuyas economías dependen de uno o pocos productos primarios de exportación –llámense cobre, petróleo o estaño, y cuyos precios se han venido abajo–, que no han sido prudentes en su políticas fiscales, que no han querido ahorrar, que han sido hostiles a la inversión privada y que suscriben el estatismo, encontrarán más dificultades en capear el temporal que aquellas naciones que han llevado políticas opuestas.
Es una ironía por ello que ahora Chávez lance sus dardos contra el capitalismo cuando todo su éxito político como dictador de Venezuela se debe a un precio del petróleo que –como ha quedado evidenciado ahora– permaneció alto en los últimos años debido, no tanto por su demanda, que ahora será menor por la recesión, sino por la presión que sobre él habían venido ejerciendo precisamente los especuladores de Wall Street. Su socialismo del Siglo XXI ha sido construido gracias a capitalistas que actuaron con el mismo instinto especulativo que caracterizó a sus antecesores del Siglo XIX.
Estas y otras voces similares que pretenden convertirse en sacerdotes del desastre más vale que miren la viga que llevan en sus propios ojos antes de querer darle lecciones de moral a un mundo que los ignora.