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Edición del DOMINGO 12 de Octubre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Marquesinas neoyorquinas, una semana de festival
46th NY Film Festival
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Una obra insólita: Valse con Bashir del director israelita Ari Folman. Un cómic y testimonio documental a la vez.
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Texto: Carlos A. Ycaza (cicaza@eluniverso.com) desde Nueva York | Fotos: cortesía New York Film Festival

El 46º Festival de Cine de Nueva York es una elocuente selección de las inspiraciones y exploraciones del mundo que nos rodea.

En la mejor tradición cosmopolita de la urbe que siempre fue la principal ventana cultural de Estados Unidos, la nueva edición del festival de cine preparado por los directivos de la Film Society de Lincoln Center es una demostración de un espíritu incandescente de apertura y sensibilidad global.

A pesar de la conmoción mundial de los mercados en Wall Street, los cinéfilos neoyorquinos coparon diariamente durante dos semanas las dos salas donde se efectuaba el evento, que termina esta noche con la proyección de El luchador, de Darren Aronofsky. En esas “galas sin gala” las estrellas se mezclan con desgarbados jeans y camisetas, barbas variadas de todas las edades y alguna modelo de infarto. Es un público informal, donde el flash primordial son los directores. Richard Peña, director del evento por muchos años, lo destaca orgullosamente: “Muchas de las películas exhiben una particular sensibilidad social, pero evitamos las que definan lo que sería un cine tristemente politizado”.

Para Peña, los dos ojos de un director sirven para mirar a través de la cámara y para estar alerta de todo lo que rodea sus vidas, sin reglamentarse con ideologías de moda. Esto debería ser lo que motivó al director Steven Soderbergh para enfocarse en Che, su maratónica visión de la vida del revolucionario argentino, interpretada magníficamente por el puertorriqueño Benicio del Toro. La película se presentó al público y a la prensa con un intermedio de media hora, por su larga extensión de 4 horas y 28 minutos.

Soderbergh aclaró después en la rueda de prensa que esta versión se limitará a algunos mercados específicos como el de Nueva York, Londres y otras grandes ciudades. En el resto del mundo el filme será visto en dos partes, porque su concentración geográfica esquemática dramatiza dos etapas de la vida del protagonista. Primero estamos en Cuba en los años cincuenta, en la guerrilla previa al derrocamiento de Batista, alternando los conflictos bélicos con secuencias posteriores de la visita de Che Guevara a las Naciones Unidas en Nueva York. La segunda parte es más cercana, por cortesía de las primeras planas actuales de Evo Morales: los años sesenta y la llegada de Guevara a Bolivia para retomar en los Andes la revolución caribeña de la cual se había alejado. Esto es casi un vía crucis  que termina con su muerte, contada aquí en escenas tremendamente realistas.

El Che de Soderbergh nunca parece la muestra de un cine biográfico, más bien es la visión de un director norteamericano muy independiente que trata de acercarse a un personaje que lo obsesiona. “Sí, lo admiro profundamente por su increíble perseverancia y fortaleza”, dijo. “El asunto político es secundario, creo que jamás podría vivir bajo un régimen comunista”.

Estas divagaciones de autores cinematográficos a veces parecen incongruentes con sus visiones personales, que pueden prestarse a muchas interpretaciones. Hay algo de esa ambigüedad también en The Changeling (La suplantación), de Clint Eastwood: en la época de recesión de Los Ángeles, en 1928, una madre soltera (Angelina Jolie) enfrenta la desaparición de su hijo de 10 años. Meses después, la Policía le entrega a un niño que ella acepta inicialmente, porque lo que ella constata en los días siguientes parece un thriller estremecedor y no una historia sacada de la vida real. Esta podría ser la cinta más balanceada de Eastwood en lo que es su objetivo esencial: desenmascarar los vacíos de la sociedad regida por una justicia policial que lo único que pretende es esquivar la verdad. Aquí la Jolie podría obtener la nominación al Oscar.

Capturar la multiplicidad de ofertas del festival en una semana de estadía neoyorquina es un imposible. Me perdí algunas obras del nuevo cine hispano-americano. Pero tuve mucha suerte en otros descubrimientos, especialmente el de Valse con Bashir, del director israelita Ari Folman. Fue una experiencia sin precedentes: un testimonio visual sobre una masacre en Líbano a manos de soldados israelitas que es reconstruida como un documental en dibujos animados, como si se tratara de un cómic histórico. La guerra de Gomorra, del italiano Mateo Garrone, es igualmente sobrecogedora, porque sucede dentro de las familias y pandillas de mafiosos napolitanos, una sangrienta intimidad hogareña que convierte este drama en desgarradoras imágenes para una tragedia de Shakespeare. Junto con estas novedosas propuestas, el triunfal retorno del célebre director polaco Jerzy Skolimowski y su Cuatro noches con Anna es uno de esos hallazgos inolvidables: la tenebrosa historia del solitario empleado de un crematorio que se enamora de la vecina a la cual espía por la ventana. Un gran cine puede encontrar la ternura en las deformaciones psicológicas más chocantes...

Mientras que en Horas de verano, de Oliver Assayas, la mirada es tan melancólica como inusual: los hijos de la fallecida matriarca de una familia se reúnen para la repartición de la herencia que trae a sus vidas la constatación del tiempo perdido y la intrascendencia de las cosas materiales. Juliette Binoche y Charles Berling se destacan como los hermanos ‘deshermanados’ y la escena final de los jóvenes nietos en la vieja casona durante la fiesta de despedida es una apoteosis emotiva. Ahora las Horas de verano son los vacíos de los recuerdos y la calidez de los encuentros inesperados, esta vez a ritmo de hip-hop.

Mi semana cinéfila tuvo un clímax de alto calado con la presentación de Cenizas del tiempo, revisitado, de Wong Kar-wai. Aquí el asunto es casi milagroso: este inimitable innovador del cine actual extiende sus horizontes a una obra malograda de su propio pasado. Hace catorce años, su incursión en el género de las artes marciales se llamó Cenizas del tiempo y el resultado fue desastroso, por críticas letales y reediciones impuestas por productores. Ahora la película se torna en un ave fénix, una alegoría deslumbrante y restaurada sobre guerreros medievales y sus musas, en una mágica fusión de leyendas místicas contadas –y coloreadas digitalmente– como una sinfonía de momentos privilegiados, donde las secuencias de acción en escenarios desérticos lucen como pinturas milenarias o fuegos pirotécnicos. ¿Una obra maestra reciclada? “Me he pasado cinco años tratando de revivir esto, ahora me siento raro”, decía el director, sentado con sus característicos lentes oscuros, frente a un auditorio abarrotado que lo aplaudió estruendosamente.


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