Y, por lo mismo, prefieren que desde pequeños cada uno de sus hijos cuente con su propia habitación para que no tengan que compartir nada y que no haya motivo para pelear, creyendo que eso significa que se llevan bien.
Si cada uno de los hijos tiene sus propias cosas, su propio espacio y su propia forma de ocupar el tiempo a lo largo de su infancia y juventud, es posible que no tengan muchos problemas pero tampoco una estrecha relación. La unión de la familia no se sucede por el simple hecho de que padres e hijos habiten bajo un mismo techo. Para que los hijos formen vínculos de unión con sus hermanos (y con nosotros) hay que convivir en familia, es decir, compartir espacios, momentos, dichas, penas, comidas, juegos...
Con frecuencia algunos padres consideran que una forma ideal de fomentar la unión de la familia es evitando situaciones o motivos para que haya pleitos entre los niños, porque cada cual está en lo propio y lo único que hacen juntos es mirar televisión en familia. Creen que en esta forma el tiempo que compartan será de “calidad”, porque poco pelean cuando todos están atentos a lo que ven en la TV y no a conversar con quienes les rodean. Yo me atrevo a pensar que la familia que lo único que hace unida es ver televisión lo que con seguridad logrará es embobarse (o perturbarse) unida.
Es cierto que cuando los hijos tienen pocas cosas en común y cada uno anda en lo suyo no surgen muchos conflictos... pero tampoco tienen muchos vínculos.
Las ventajas de que los niños tengan que compartir durante varios años una misma habitación, un mismo baño, unos mismos juguetes, así como ciertas cosas, ropa, artículos deportivos, etcétera, son innumerables. Es verdad que en la medida que más compartan, posiblemente más altercados tendrán entre ellos, pero también más oportunidades para ir aprendiendo todo lo que se necesita para superarlos: a ceder, a conciliar diferencias, a negociar y a lograr acuerdos. A la vez la convivencia es una experiencia ideal para que los niños sepan compartir, esperar turnos, contribuir y trabajar en equipo.
Es en esta forma como ellos se conocen, se ayudan y fortalecen sus vínculos fraternos, porque se ven obligados a ejercitar virtudes tan importantes como la generosidad, la tolerancia, el respeto, la nobleza, la solidaridad, es decir, el amor.