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| Las horas sin nombre |
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| Haruki Murakami, escritor japonés, autor de After Dark. | | |
| Hernán Pérez Loose | hperez@ecua.net.ec
Murakami vuelve a encantarnos con ese estilo conciso, ese sutil humor, esa habilidad para construir tramas en las que los encuentros casuales parecen más bien desencuentros y los peligros, aunque irreales, parecen estar siempre presentes”.
“Prácticamente todo lo que sé sobre escribir lo aprendí de la música. Si no hubiese estado obsesionado con ella, no me habría convertido en novelista”, así se expresaba Haruki Murakami en un breve ensayo sobre su gestación literaria publicado hace un año.
Esta presencia de la música en su carrera literaria puede confirmarse y apreciarse en su última novela, After Dark (Tusquets Editores. 2008). En ella Murakami nos vuelve a sorprender con una técnica del relato francamente estupenda, confirmándolo como uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.
Como si estuviese filmando, Murakami nos lleva sigilosamente a recorrer los espacios solitariamente habitados por personajes que han optado por consumir lo mejor de sus horas en las madrugadas, en bares apartados, restaurantes vacíos y calles silenciosas. La alienación, un tema recurrente en la obra de Murakami, se hace nuevamente presente en After Dark. En este caso, la trama se desarrolla en el Tokio metropolitano –al menos eso es lo que el lector deducirá– y comienza alrededor de la medianoche de un día y termina al alba del siguiente. Horas en las que parece que la vida adoptase nuevas formas y código aprovechando que las luces de la racionalidad se desvanecen. “Horas sin nombre”, diría Camus en El Extranjero.
Al centro de la novela están dos hermanas. Una de ellas es Eri, una modelo de vestidos que se está abriendo camino a lo que ella cree que es la cúspide, y la otra es Mari, una estudiante solitaria que se pasa las noches leyendo en una cafetería de la cadena Denny’s –uno de los íconos de la plastificada cultura globalizada– y que pronto se verá transportada a un mundo totalmente ajeno al suyo.
En la noche del relato Mari, en silencio, como un personaje de un cuadro de Edward Hopper, bebe casi como un autómata una taza de café, no obstante su desagradable sabor (“ese era su rol…”), mientras que el lugar parece casi desierto. Su quietud es interrumpida con la visita a su modesta mesa de Takahashi, un estudiante del trombón muy conversador, que adora la canción blue Five Spots After Dark, del célebre músico de jazz Curtis Fuller; y de la cual se prende Murakami para titular su novela.
Takahashi dice conocer a la hermana de Mari, Eri, e insiste que en el pasado ellos anduvieron juntos. El punto del encuentro es un drama que acaba de suceder en un “hotel de amor” cerca de allí, donde una prostituta china acaba de ser salvajemente atacada por un hombre de negocios. La propietaria del hotel –una ex levantadora de pesas– le pide a Mari que la ayude como traductora en vista de que ella sabe el idioma chino de la víctima. Este parece ser el papel de Mari, no el de una heroína sino alguien, un testigo, que está en el medio.
Mientras lo que Mari parece querer es muy poco, probablemente preservar su pasividad, la noche parece tener otros planes. La “gente nocturna” con la que se va tropezando parece perseguida por unos secretos y unas necesidades que las lleva a juntarse con una fuerza mayor que aquella que las diversas circunstancias en las que se encuentran debería separarlas. Más que un conflicto de voluntades la novela parece hablarnos de una disipación de los deseos en un mismo torrente.
La novela es dividida en cortos capítulos en los que el autor narra casi paralelamente las experiencias de Mari con sus conocidos, con el prolongado dormitar de su hermosa hermana Eri, que al parecer sufre de cierto trastorno psicológico, frente a una enorme pantalla de televisión donde su imagen sale de vez en cuando.
En After Dark, Murakami vuelve a encantarnos con ese estilo conciso, ese sutil humor, esa habilidad para construir tramas en las que los encuentros casuales parecen más bien desencuentros y los peligros, aunque irreales, parecen estar siempre presentes. Hay una justa mezcla de reflexiones filosóficas y drama que parecen cabalgar sobre una encrucijada de tiempo y espacio.
Un beneficiario fortuito de la novela es Five Spots After Dark. Es muy probable que luego de leerla, como muchos otros lo han confesado que lo han hecho, el lector sentirá curiosidad por escuchar la canción. O volverán a escucharla, quienes ya la conocían.
El jazz es parte de la vida de Murakami. Antes de dedicarse a la literatura, Murakami pasó algunos años administrando un café jazz en Tokio. Lo hizo junto con su esposa a poco de haber terminado sus estudios de teatro en la Universidad de Waseda, en Tokio. Muchas de sus obras tienen o están vinculadas con temas musicales.
Murakami confiesa que no fue hasta los 29 años que pensó dedicarse a escribir. “Leía bastante desde que fui pequeño, y me hundí tanto en el mundo de las novelas que leía que mentiría si dijese que nunca sentí como si debía escribir cualquier cosa. Pero nunca pensé que tenía talento para escribir ficción. Luego de los 10 años me gustaban escritores como Dostoyevski, Kafka y Balzac, pero nunca pensé que podría escribir algo que se parezca a las obras que nos dejaron. Así que desde muy joven simplemente abandoné la idea de escribir ficción. Decidí que continuaría leyendo libros como un hobby, y que vería cómo me ganaría la vida”.
“Cuando cumplí los 29, de repente, sentí que debía escribir una novela. Sentí que sí lo podía hacer. No podía escribir algo que se pareciese a Dostoyevski o Balzac, obviamente, pero dije que eso no importaba. No tenía que convertirme en un gigante literario. Sin embargo, no tenía idea cómo escribir una novela o acerca de qué escribir (...). Mi único pensamiento fue en ese momento cuán maravilloso sería si yo pudiese escribir como tocando un instrumento musical...”.
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