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Edición del DOMINGO 12 de Octubre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Sociedad 
Castellers de Barcelona, castillos al cielo
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Las fajas son importantes para soportar el peso de los castellers.
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Historia

Texto y Fotos: Jaime Cevallos desde Barcelona para La Revista

Existe una tradición muy catalana, que exige equilibrio y sentido de la solidaridad, tranquilidad y músculos de acero: els castells (castillos humanos). Los  más audaces se atreven a hacer torres de hasta nueve pisos.

Domingo, 31 de agosto. Ha llegado el día en que las fiestas del barrio de Sants encuentran su punto y final. Ha sido una semana intensa -de bullicio, fervor y reivindicaciones independentistas-, que ha dado a Barcelona ese sabor a Mediterráneo que el cantante español Joan Manuel Serrat tanto pregona en sus canciones.

El viento escapa de las calles abigarradas llevando al parque de la España Industrial los últimos vahos de la fiesta. El parque, que debe su nombre a una fábrica textil que funcionó en esos terrenos desde 1850 hasta 1972, es el escenario donde los castellers ya se preparan para poner la guinda a tantos días de celebración. El calor del verano aprieta, reverbera, dibujando en el ambiente un tamiz especial en el que resaltan las camisas verdes y grises, emblemas de las colles (grupos) de castellers de Sabadell y Sants, respectivamente. No son tan antiguas como otras colles, pero han sabido beber de una tradición cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, aunque, al respecto, las teorías sobran.

Daniel Benítez, con 34 años de edad, se seca el sudor con la manga de su camisa. Daniel empezó tarde en el mundo de los castellers. “Fue en 1994”, dice, mirando cómo el resto de compañeros ya se fajan para soportar el peso de los “castells” (castillos, en español) que muy pronto se levantarán en el parque, junto a la casa comunal, donde las autoridades observarán el espectáculo en un lugar preferente. Pero la faja, llamada “mocador” en catalán, también sirve para que las personas que trepan por el castell tengan un lugar donde enganchar los pies.

“En mi pueblo no había una colla castellera. Por suerte, se creó una hace 14 años y yo me integré en ella. Tenía 20 años de edad, pero para hacer castells no hay edad, porque todos sirven”, dice Daniel, tras destacar que en Cataluña existen casi 60 colles, dos que han sobrevivido desde el siglo XIX y una que está a punto de celebrar su centenario.

Muy cerca de Daniel hay un grupo de niños. No tienen más de seis años, pero visten con orgullo los uniformes de sus colles. Son los anxanetas, quienes tienen la misión de culminar cada castells. Dentro de pocos minutos treparán la torre humana y la coronarán, provocando el estallido del público, que con aplausos liberará la tensión.

Los anxanetas portan unos cascos. Lo hacen desde el 2006. Concretamente desde que Mariona, una niña de 12 años, cayera desde lo alto de un castells durante una fiesta que se realizaba en Mataró, una ciudad situada a 25 kilómetros al norte de Barcelona. Fue una tragedia, un fatal accidente que trajo consigo la incertidumbre, las dudas sobre las medidas de seguridad que deben regir una de las más arraigadas tradiciones de Cataluña.

“Sí, fue un dolor para todos. Pero la actividad es muy segura, hasta el extremo que solo se registra una muerte por cada cien años”, explica Daniel.
 
De repente, Daniel debe interrumpir la conversación porque la actuación de los castellers va a empezar. La grellas, que son una especie de cornetas, ya suenan y marcan las tonadas de la fiesta. Las personas que forman la piña, la base del castell, se agrupan. Hay gente de todas las edades, la mayoría fornida. Los más menudos trepan y el público guarda silencio. El castell crece y sus cimientos de carne y hueso tiemblan. La estructura se bambolea, de un lado a otro, y ahí se ve al anxeneta subir por un costado. Al final, llega hasta la cumbre, levanta la mano, y desciende rápidamente, apoyando sus pies en las fajas de sus compañeros. El público ovaciona al muchacho, que cuando llega a tierra, es felicitado por los miembros de la colla.

Con este castell, se inicia la fiesta castellera que, paradójicamente, pone el broche de oro a las fiestas del barrio de Sants. Y la semana que viene, las colles irán a otro barrio de Barcelona y a algún pueblo de Cataluña, porque la temporada castellera se inicia en marzo y termina en noviembre. La tradición sigue, no muere. Los castells se siguen levantando como queriendo tocar el cielo barcelonés.


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