- OCT. 12, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Lo que siempre sorprende en Alfredo Pareja Diezcanseco es su lealtad con el oficio de escritor. Así lo revelan su vasta obra y las pocas cartas que se han publicado, en las que la defensa del espacio y la libertad del creador es algo más que un motivo de reflexión o diálogo circunstancial.
La urgencia por robarle tiempo a la lucha por la supervivencia jamás apartó a Pareja de la práctica de la escritura. Es más, resulta desconcertante comprobar que algunas de sus valiosas y logradas novelas fueron trabajadas en jornadas sin tregua, como si supiera que pronto el Apocalipsis sería una realidad. Este es el caso de la cinematográfica Las tres ratas (1939).
Para Pareja Diezcanseco, como para todos sus contemporáneos de la vanguardista Generación del 30, la literatura nunca fue un medio, era un fin. De ahí que para el autor de El muelle (1933), inventar historias, ‘ficcionalizar’ lo que en apariencia la realidad registraba con cierto toque de magia y de espanto, era parte de un proyecto que a la vez tenía –como todo pacto con las palabras– una enorme carga estética y ética.
Además, para Pareja, escribir no solo era un acto de amor, sino, como todo desafío lúdico, y como toda fatalidad, un acto también de pavor.