- OCT. 12, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Nací en Guayaquil pero me crié en la península de Santa Elena. Teníamos una bella casa frente al mar, a la que siempre que podía llegaba el tío Alfredo a pasar los fines de semana. Ahí gozaba de la playa, se tomaba sus traguitos, jugaba banco ruso y resolvía competitivamente problemas matemáticos con su cuñado, con quien se llevaba muy bien.
Desde muy pequeño traté a Alfredo Pareja. Y, al parecer, yo le caía bien porque me hablaba mucho, me hacía bromas, se reía y jugaba conmigo. Lo recuerdo pulcro, elegante en su sencillez, de risa amplia y sonora, buen gourmet, puntual, impecable con su siesta, implacable ante la estupidez, solidario y gran lector, área en la que lograba, quién sabe de qué misteriosa manera, que se respetara su tiempo.
En casa, en cambio, solo leía mi papá, pero revistas en inglés, y yo, orientado por un vecino adulto, que era un vicioso de la literatura infanto-juvenil: Salgari, Verne, Dumas, etcétera. Al mismo tiempo, yo imitaba a mi tío, y este observaba mis lecturas sin decir nada, aprobándolas con su silencio. Hasta que un día me vio leyendo algo de Hugo Wast, creo que Flor de durazno (yo tenía 11 años), y se indignó: “No leas eso”, me dijo, “apenas llegue a Guayaquil te mando un libro que te va a gustar”. Y cumplió: me envió Las mil noches y una noche.
Mis lecturas continuaron. Él observaba, sin comentarios, aparentemente aprobando. Hasta que por tener que iniciar mis estudios de secundaria me enviaron a vivir con mi abuela materna, en Guayaquil. Entonces conocí a otro Alfredo Pareja, no el de las vacaciones en la playa, sino el de su agitada rutina diaria de escritor y hombre de negocios.