Nunca me gustó la versión según la cual estaríamos condenados a trabajar por culpa de Eva (el trabajo es bendición, no castigo). Dicen que se dejó seducir por una serpiente, probó la fruta del árbol prohibido, “dio a su marido, él comió también”. Desconfío de los paraísos que conllevan prohibiciones, me rebelo contra el castigo de todos los seres humanos por la eventual culpa de dos. Pero en fin, cada cual con su convicción. La pobre Eva recibe como premio mayor el deber de la sumisión: “Te sentirás atraído por tu marido, pero él te dominará”. Veremos luego cómo será lapidada si se atreve al adulterio. San Pablo pondrá la cereza en la torta: “La mujer aprenda en silencio con toda sumisión. Enseñar no le permito a la mujer ni que domine al marido, sino que permanezca en silencio” (Primera carta a Timoteo 2/11). En Francia hay un dicho: “Sois belle et tais toi” (sé hermosa y cállate): estupidez machista. Sin embargo, detalle curioso, San Pablo da permiso a los ministros de Dios para casarse, formar familia: “El obispo será irreprensible, marido de una sola mujer, que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga a sus hijos en sumisión con toda decencia” (misma carta a Timoteo). Fue recién en el Concilio de Letrán (siglo XII) que nació aquella prohibición del matrimonio para el clero. La Biblia jamás se opuso.
Amamos a las mujeres porque son lagos y nosotros ríos, son polo complementario sin el que no habría electricidad, porque el resultado de la ecuación copulativa es el posible brote de un embrión, porque son portadoras de la vida, no tienen aquella facilidad para matar de la que se jactan tantos hombres, sonríen al ver a un niño, lucen curvas en sitios estratégicos, son capaces de realizar milagros cuando sus hijos están involucrados en cualquier peligro o sufren necesidad, son imprevisibles a veces, aman hasta el máximo altruismo, son pacientes, pueden quedarse al pie de una cuna sin comer ni dormir mientras cuidan al neonato enfermo, logran sacudirse de la sumisión, convertirse en empresarias, presidentas, pilotos de aerobús, choferes de colectivos, enfermeras, miembros del voluntariado, porque su piel es suave como la de un bebé, porque su lápiz de labios nos desquicia, porque son a la vez dulces y fuertes, porque nos dieron a una Madre Teresa, una Lady Di, una Juana de Arco, pintoras, poetas, novelistas de sensibilidad diferente, simpatía contagiosa, coraje electrizante, porque son “divinas” como las califica Aminta Buenaño en un lúcido libro, porque “tienen miedo de morir sin haber logrado conocer a qué sabe ser angustiosamente queridas” (Sonia Manzano), porque se les ocurre combinar el delantal de la cocina con un arácneo negligé (Isabel Allende), porque venimos de ellas, porque nos gusta ver la huella escarlata de su boca en la firma de una carta, porque no podemos ni sabemos ni queremos vivir sin ellas, porque enloquecer por una es tocar el cielo con ambas manos, porque necesitamos varias vidas para enamorarnos plenamente de la que escogemos para siempre, la que se volvió única como la rosa de aquel principito caído de su planeta.