Domingo 12 de octubre del 2008 El País

Familiares de fallecidos se resisten a donar los órganos

Desde abril del 2007, cuando arrancó el primer programa de trasplante renal, en el hospital del IESS en Cuenca  fallecieron trece personas con diagnóstico de muerte cerebral y solo se logró que los familiares de uno de ellos acepten donar.

Hace seis meses se creó la Asociación de Paciente en Lista de Espera para Trasplante del Austro (Apleta), con 60 interesados  inscritos.

La ley ecuatoriana  determina que los  donantes tengan el cuarto grado de consanguinidad y el segundo de afinidad, pero en los casos de incompatibilidad con los parientes, el paciente puede  inscribirse en una lista de espera. Cuando consigue un donante, se realiza un juramento ante un notario.

En Cuenca, el notario quinto, Francisco Carrasco, trabaja con los pacientes del IESS y certifica gratuitamente dichos juramentos. “Es un procedimiento sencillo.  Requiere solo la presencia del donador y su juramento verbal”, asegura.

Ángel Peñafiel, presidente de Apleta, espera desde hace un año un trasplante de riñón y  lamenta que la actual Constitución no haya considerado cambios para este tema.

“Mientras en Uruguay la Carta Política determina que todos los ciudadanos son donantes y quienes no lo deseen deben tramitar su negativa donde un notario, en Ecuador ocurre lo contrario”, resalta.

Asegura que la organización, a más de dar a sus integrantes la esperanza  de encontrar donantes,  es un espacio para fortalecer a los pacientes  y a sus familias cuando enfrentan  quebrantos  en su salud.

Una de sus misiones es acompañar al doctor Franklin Mora, nefrólogo del hospital del IESS y encargado del programa de trasplantes, cuando una persona es un potencial donante cadavérico. “Nos toca hablar con la familia del fallecido para tocar su sensibilidad y pedirle la donación”, pero hasta ahora no tienen resultados.

La Asociación creó un fondo  para ayudar con los  gastos   funerarios a los familiares que aceptan donar los órganos de sus parientes fallecidos.

 “Es muy difícil enfrentar la muerte. Nosotros que estamos siempre al borde de ella lo sabemos. Por eso decimos: ¿por qué llevarse los órganos al cielo si se puede seguir existiendo en la Tierra a través de otro ser humano?”, pregunta Peñafiel.
El País

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