El 14 de octubre se celebran varias actividades en el mundo en reconocimiento al donante. En el hospital del IESS de Cuenca existe, desde abril del 2007, un programa de trasplante renal (riñón) y el próximo mes se inicia el del trasplante hepático (hígado). Aquí las historias de los pacientes.
Después de dos años de acudir tres días a la semana para cumplir sesiones de cuatro horas para conectar a la fístula de cualquiera de sus brazos una máquina que filtra la circulación sanguínea, Ana Chimbo recupera la esperanza de abandonar este procedimiento. Por lo menos la siguiente década.
Esta mujer de 40 años padece de insuficiencia renal y fue la octava paciente del hospital José Carrasco Arteaga, del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) de Cuenca, en someterse a un trasplante de riñón.
Es lunes, un día antes de la cirugía, y Chimbo recuerda su vida, mientras su sangre sale a través de un catéter colocado en su brazo derecho, llega hasta la máquina de filtración y regresa a su organismo.
“Los médicos creen que mis riñones no funcionaban bien desde que nací, aunque siempre fui hiperactiva, jugaba como cualquier niña y también hacía travesuras”, evoca sin desprender su mirada del horizonte.
Cuando cumplió 18 años empezó a tener problemas de la presión y, al cabo de unos pocos años, afectó su funcionamiento renal, lo que la ha obligado a someterse a diálisis durante los últimos diez años de su vida.
Un poco pálida por el procedimiento, cubierta con una manta verde de lana, Ana sonríe y asegura que su fe es inquebrantable. Durante los dos últimos años, cuando el diagnóstico médico recomendó un “urgente” trasplante, ha confiado en que su donante llegaría.
Y fue un miembro de su familia –que prefiere el anonimato– quien resolvió entregar uno de sus riñones para que Ana vuelva a ser “la misma de antes, una mujer que, por comercializar madera, viajaba a cualquier punto refundido del país”, según el pariente.
Ana y su donante debieron someterse a pruebas de compatibilidad y pasar por un chequeo de todos los especialistas, incluso de otorrinolaringólogos, oftalmólogos, odontólogos y psiquiatras.
En todos los casos, cuenta Franklin Mora, nefrólogo del hospital del IESS y encargado del programa de trasplantes, la preparación del donante y receptor es la misma. Por eso Ana y su familiar debieron permanecer hospitalizados tres semanas antes de la cirugía.
Es martes. El día de la cirugía llega y a las 08:00 empieza la operación, y José Medina, urólogo de la casa de salud, tarda cuatro horas en extraer el riñón del donante. Un tiempo similar transcurre para que Iván Orellana, cirujano vascular, implante este órgano en la receptora.
Luego de las dos intervenciones, que a decir de los doctores fue “exitosa”, Orellana explica que el órgano que recibe un paciente debe mantener la circulación de las arterias, que devuelve la sangre a las venas.
Terminado el trasplante, Ana pasa a cuidados intensivos. A los siete días de la cirugía egresa del hospital con un tratamiento de inmunosupresión de por vida: desde que recibe el riñón el organismo del receptor debe bajar sus defensas para tolerar el tejido extraño en su cuerpo. Debe tomar medicamentos que la ayuden a aceptar la función del nuevo órgano, para tratar de llevar una vida normal.
“El trasplante renal es un programa quirúrgico rutinario. Se lo realiza en forma ordinaria, pero para que este servicio salve vidas necesitamos que la gente altruista done sus órganos”, afirma Franklin Mora.
Según dice, en el caso del riñón existe la posibilidad de donantes vivos, ya que las funciones del sistema renal pueden realizarse con uno solo de los dos riñones. Sin embargo, cuando no existe compatibilidad, la opción en este caso es la donación de una persona con diagnóstico de muerte cerebral.
“La muerte cerebral se presenta con mayor incidencia en personas que sufren accidentes de tránsito y un traumatismo cerebral le destruye gran cantidad de la masa encefálica”, explica Mora. De estos casos, llamados “donantes cadavéricos”, se pueden trasplantar riñones, hígados, corazones, córneas y piel.
Hay casos de enfermedades poco comunes en los que los pacientes requieren de un donante cadavérico. Eso le ocurre a Inés Naula, de 58 años, quien luego de padecer una cirrosis por doce años y tener el hígado completamente destruido requiere de un trasplante urgente.
“Los dos primeros años de mi enfermedad ningún médico de Ecuador pudo diagnosticarme. Fue un médico español quien se llevó mi historia clínica a su país y dio con mi enfermedad”, dice Naula, sentada en una cama de la sala 17 del hospital del IESS.
Pese a la advertencia médica de permanecer la mayor parte de tiempo en reposo, esta mujer trabajó por las mañanas como bibliotecaria del colegio César Dávila y por las tardes y noches como secretaria de la Universidad Católica de Cuenca.
Necesitaba trabajar. “Es que la medicación que tomo es muy cara”, repite y con un suspiro dice que gasta $ 300 mensuales.
Pero las hemorragias constantes llevaron a su médico Bolívar Andrade a prescribir la jubilación definitiva de su paciente.
El año anterior estuvo cuatro días en cuidados intensivos y con la nueva tecnología laparoscópica logró cauterizar las várices internas que provocaban las hemorragias.
Esto no fue suficiente, pues este año Naula ha sido ingresada para observación en tres ocasiones. La última hace quince días, porque perdió parte de su lucidez y capacidad motora.
Esta afección preocupó a Naula, quien recuerda que “no podía hablar, ni hacer señas y estaba totalmente perdida”. Este, según Andrade, es un síntoma que se tornará constante si no se recurre a un trasplante.
De ahí que Naula es la primera en la lista de espera para el trasplante de hígado. Franklin Mora alimenta sus esperanzas, ya que el hospital del IESS impulsa un nuevo programa de trasplante hepático que arrancará en noviembre.