El novelista John le Carré todavía recuerda un encuentro hace casi una década, cuando la Guerra Fría se estaba alejando en la historia, abriendo paso a un nuevo sistema de amenazas veladas y alianzas inquietantes. Sir David Spedding, enfermo y a punto de retirarse del Servicio Secreto de Inteligencia, o MI6, había ido a visitarlo a su casa de Cornualles, y estaban hablando sobre las cambiadas realidades del espionaje. “Me dijo: ‘No te imaginas lo asqueroso que se ha vuelto el mundo”, comenta Le Carré. “Y yo estoy de acuerdo. Es un mundo asqueroso”.
A sus 76 años, Le Carré tiene el pelo blanco, es simpático y educado, habla en párrafos perfectos y exuda el aire del tranquilo privilegio y las maneras distinguidas de un estadista jubilado. Pero todavía conserva su agudeza, todavía está lleno de ideas y alimentado por una nueva y justificada ira. Se ha vuelto, si no exactamente más radical, al menos sí más claro respecto a sus opiniones políticas y más dispuesto a expresarlas. Su último libro, A most wanted man, habla de una de sus preocupaciones: los excesos, según el punto de vista de Le Carré, de la política exterior estadounidense y la naturaleza inmoral de las prácticas de inteligencia que la apuntalan.
Su obra número 21 está integrado en una fascinante historia: de espías y de personas que podrían serlo, de lealtades divididas, de inocencia corrompida. El personaje es un joven refugiado musulmán llamado Issa, que aparece de repente y de manera ilegal en Hamburgo y se pone en manos de una abogada idealista y joven. Pero entonces él se convierte en el objeto de un asqueroso y enfermizo tira y afloja entre las facciones rivales de varias agencias de inteligencia occidentales.
En A most wanted man no hay escenas de tortura, pero Issa, que en su día fue víctima de ella y tal vez vuelva a serlo en el futuro, vive perpetuamente bajo su sombra.
La degradación, la tortura y el horror de prácticas como la rendición extraordinaria son temas sobre los que Le Carré volvía una y otra vez durante una reciente conversación. “Sé de interrogatorios”, comenta haciendo alusión a sus días como espía británico en los años cincuenta. “He hecho interrogatorios, y puedo decirle esto: si consigues información por medio de la tortura, haces el ridículo. Obtienes información que no es cierta. Te dan nombres de personas que supuestamente son culpables, pero que no lo son. Te obcecas en una búsqueda inútil, y te pierdes lo que te están poniendo en bandeja, que es la posibilidad de establecer un vínculo con las personas, comprometerse con ellas y hablar con ellas de forma civilizada”.
Le Carré fue reclutado como espía cuando todavía estaba en la universidad.
Cuando trabajaba para el Ministerio de Asuntos Exteriores británico como diplomático que en realidad era un agente secreto, empezó a escribir novelas con un seudónimo (su verdadero nombre es David Cornwell).
El espía que surgió del frío, una obra escrita en 1963 que hizo famoso a Le Carré, desbarataba las novelas de espías tradicionales poniendo al mismo nivel de cinismo y corrupción a Occidente y al Este. Le Carré ambienta A most wanted man en Alemania debido a su explosiva mezcla étnica y religiosa, a sus tensos debates sobre inmigración y a la desorganización de sus servicios secretos.
El libro está lleno de padres cuyas fechorías se repiten a lo largo de las generaciones. Su propio padre era un estafador de armas, su madre abandonó a la familia cuando David todavía era un niño.
“Tengo unos recuerdos muy vivos de lo que me hicieron cuando era un niño”, comenta. “Sé lo que es liberarse de un padre inconformista, fascinante, importante. Cómo se siente uno, como Issa, al no tener madre”.
Hace varias semanas, The Sunday Times de Londres publicaba una reseña biográfica de Le Carré en la que parecía citarlo textualmente diciendo que, como espía, había sentido la tentación de huir a la URSS. Pero le Carré comunicó en una carta al diario que sus palabras habían sido malinterpretadas.
Lo que él estaba poniendo de manifiesto era que “al igual que otros agentes secretos que vivían cerca de sus adversarios, de vez en cuando me había puesto mentalmente en el lugar de aquellos que estaban a un lado del telón y que dieron el corto paso que les separaba del otro, y que , racional e imaginativamente, entendía la atracción magnética del paso, y simpatizaba con él”.