El modelo estadounidense de capitalismo de libre mercado vive una crisis de fe en momentos en que el mercado bursátil cae en picada y se acumulan los bancos que esperan un rescate gubernamental.
Las elecciones son inminentes, ¿pero es justo esperar que un nuevo presidente revierta el daño producido por un derrumbe financiero que la mayoría coincide en atribuir a la mala administración y la codicia?
“La gente perdió la confianza” declaró el 6 de octubre a The New York Times, Gil Colon, gerente de ventas de un sofisticado local de arte y mobiliario de Las Vegas. “No tiene poder adquisitivo. Está perdiendo la jubilación, la posibilidad de tomarse vacaciones y tiene miedo de hacer compras.”
Los estadounidenses están preocupados por sus empleos, sus casas y su futuro, pero también sienten recelo ante las potencias emergentes. Según una encuesta que realizó CNN en julio, el 70% de los estadounidenses siente temor ante el poder económico y la influencia de China.
En un artículo que The New York Times publicó en julio, Stephen Kotkin citó el libro The Return of History and the End of Dreams (El regreso de la historia y el fin de los sueños), de Robert Kagan. “Gracias a décadas de notable crecimiento”, escribe Kagan, “en la actualidad los chinos pueden sostener que su modelo de desarrollo, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede ser una opción exitosa de desarrollo en muchos países”.
Al igual que China, Rusia demostró que las elecciones libres y el capitalismo de mercado no son el único modelo para la prosperidad, un modelo que es blanco de críticas en momentos en que la crisis estadounidense se extiende a las economías de Europa occidental. Por otra parte, el autoritarismo no necesariamente se traduce en un pueblo inquieto. Mientras la popularidad del presidente Bush se desplomó a un 22%, uno de los porcentajes más bajos de la historia de Estados Unidos, el primer ministro ruso Vladimir Putin goza de una popularidad del 70%.
Sin duda no todos los rusos están conformes con la mano de hierro de Putin, y la corrupción y la falta de transparencia de China dieron lugar a escándalos relacionados con la seguridad de sus alimentos y medicamentos. Sin embargo, China se sumó el mes pasado al exclusivo club que hasta entonces era patrimonio de Rusia y Estados Unidos cuando uno de sus astronautas llevó a cabo una caminata espacial.
Estados Unidos estableció desde hace mucho que la exploración del espacio da la pauta de los logros de una superpotencia.
En un intento de revivir la antigua gloria del alunizaje del Apolo, la NASA contempla la creación de una base permanente en la luna y hasta una misión a Marte. Sin embargo, durante un período de cinco años a partir de 2010 los astronautas estadounidenses quedarán reducidos al papel de pasajeros.
Como señaló John Schwartz en The New York Times, el reemplazo de la NASA para el transbordador, el Ares/Orion, no estará listo hasta 2015. El transbordador se retirará dentro de dos años, tras lo cual los astronautas estadounidenses pagarán para viajar en cohetes rusos durante cinco años. Podría tratarse de una sociedad incómoda.
El senador de Florida Bill Nelson calificó la situación de “imperdonable” en una entrevista que concedió a Schwartz. “El primer ministro ruso se cree un zar”, agregó, haciendo referencia a Putin.
Mientras tanto, el programa espacial tripulado de China sigue avanzando y alienta ambiciones de una misión lunar.
Como señaló Schwartz, un legislador estadounidense sugirió el año pasado que se bautizara la primera base lunar con el nombre de Neil Armstrong. Otro legislador de Florida, el republicano Tom Feeney, respondió: “¿Qué le hace pensar que los chinos van a permitirnos bautizar su base con el nombre de uno de nuestros astronautas?”