- OCT. 11, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Una escena de la ópera Elixir de amor, interpretada en Guayaquil por jóvenes artistas ecuatorianos.
Aquella noche no fui al Centro de Arte para escuchar a Pavarotti o a María Callas. Tampoco estuve para rebuscar posibles fallas o carencias, caer en la trampa de criticar a como dé lugar. Llegué para palpar lo que podría hacer un grupo de jovencitos lanzándose sin paracaídas en el Elixir de amor, ópera que no conlleva terribles trampas técnicas pero requiere de los solistas, además de ciertas virtudes interpretativas, una gran preparación.
La primera buena sorpresa de la noche fue la prestación de la orquesta juvenil, pues resulta muy diferente acompañar a los cantantes líricos e interpretar una obra del repertorio clásico. Ahí se impone la precisión y justamente, en El elixir de amor, ciertos acordes de los metales o exabruptos del conjunto subrayan situaciones sentimentales o cómicas.
Patricio Jaramillo, más allá de su apariencia seria, callada, casi austera, esconde alma apasionada, emotividad, gran exigencia profesional. Lo mismo podría decirse de Freddy Torres, a quien debemos además de la conducción del coro presentaciones con los mismos solistas y el sólido acompañamiento de un piano.
En el primer acto, las carreras en el escenario del tenor Jorge Cassis perseguido por un excelente bajo (Fabián González, genial en su papel bufo) dejaron entrever calidad histriónica, la que arrancó reiteradas veces risas del público.
El argumento simplísimo nos habla de un hombre sabido (el vendedor ambulante Dulcecamara) quien propone al ingenuo Nemorino una poción capaz de ayudarle a conquistar el corazón de la hermosa Adina (Viviana Rodríguez) ocupado en un principio por el sargento Belcore (Álex Rodríguez, barítono, todavía algo acartonado: necesita soltarse más en la parte histriónica, no solo mostrar su voz ). Viviana, aunque la obra no sea la mejor para el pleno desarrollo de su registro, tuvo una muy lucida actuación, va mejorando su timbre, suavizando sus agudos, afinando sus armónicos. Bien es cierto que aquel elixir (en realidad un vino cualquiera) no tiene las propiedades del filtro mágico bebido por Tristán e Isolda; también es obvio que no estamos listos para montar una obra de Wagner, pero la picardía de Donizetti, de Pergolesi ( La serva padrona ) en muy digestibles clásicos, llega al público que llena casi totalmente el teatro. Julián Hoyos supo dar a la obra el dinamismo requerido a pesar de la sobriedad que caracterizó a la representación: vestuario discreto que no pretendió jamás ubicarnos en una época determinada. Hubiera sido saludable que el elenco tuviese varios ensayos en el escenario con la orquesta.
La iniciativa de Beatriz Parra constituyó un desafío llevado a cabo con mucha honestidad y tesón. Puede sentirse satisfecha con este logro. El coro mostró homogeneidad, movilidad, ritmo gestual en el escenario (nada resulta tan deprimente como ver a los integrantes quedarse como estatuas). Los medios escénicos fueron extremadamente limitados: dos módulos inamovibles pintados con tanto ingenio cromático que de por sí destilaban brillantez, solidez. Fue una obra joven presentada por jóvenes ávidos de perfección, ganas de superación, alegría contagiosa.
Debemos ayudar, promover a estos talentos cuyas ganas hacen milagros. Se demostró que sin llegar a los decorados suntuosamente elaborados, se puede desplegar talento. Solo se necesita entusiasmo.
Recordemos que aquella palabra griega “enthousiasmos” significa: Dios dentro de nosotros, pues la música puede llegar a ser divina.