EE. UU.
Hace algunas semanas publiqué una llamada para lograr una solución integral en materia de política financiera que alcanzara los problemas centrales de este sector. Aunque han sido tomadas muchas medidas desde entonces, estas no han sido ni integrales ni globales.
¿Cuál es el problema de fondo? En pocas palabras, que las instituciones financieras tienen un alto volumen de activos de valor dudoso y decreciente y que implican grandes pérdidas para ellas. También hay más pérdidas potenciales derivadas de haber asegurado activos a través de los llamados credit default swaps y otros tipos de derivados negociados en mercados no tan transparentes. En este entorno febril de desconfianza y escasez de capital, una estrategia que se sustente fundamentalmente en la aportación de liquidez por parte de los bancos centrales es, aunque esencial, insuficiente.
¿Qué más debemos hacer? Yo destacaría cinco líneas de acción.
Primero, como algunos gobiernos han señalado, la fragilidad de la confianza pública ha alcanzado un punto en el que algún tipo de garantía pública sobre las responsabilidades del sistema financiero es inevitable. Por supuesto, un paso así solo debería ser temporal, e incluir salvaguardas de protección frente a los riesgos que vienen con estas garantías.
Segundo, el Estado necesita sacar los activos tóxicos y forzar el reconocimiento de pérdidas. La compra de activos debe ser hecha de forma transparente a un valor justo de mercado, ya que las pérdidas deferidas al futuro impiden que fluya capital nuevo a los bancos.
En tercer lugar, el capital privado no abunda en el entorno actual y el reconocimiento de pérdidas puede no ser suficiente para inducir una inyección de capital fresco. Una estrategia que ha funcionado en crisis pasadas es igualar las suscripciones de capital privado con capital estatal.
Cuarto, es urgente un alto nivel de cooperación internacional. Desafortunadamente, las medidas recientes han sido tomadas con foco en los intereses nacionales. Si un mercado ofrece cobertura a todo riesgo con credibilidad (por ejemplo, Irlanda), los inversores pueden huir de mercados que no lo hacen (por ejemplo, el Reino Unido). Si los esquemas de compra de activos son muy diferentes, las instituciones irán donde esté el comprador más generoso. De mayor trascendencia, y mirando más allá de la crisis a corto plazo, es que la comunidad internacional necesita trabajar para cerrar los huecos que existen en la arquitectura regulatoria global.
Por último, parece claro que las economías emergentes tienen altas probabilidades de ser impactadas fuertemente por este desorden financiero, a pesar de haber reforzado sus fundamentos y políticas económicas. Para el caso de que una parada súbita en la llegada de capital pueda suponer un alto en su progreso o, peor aún, una crisis en sus sistemas financieros, deberíamos tener lista alguna forma de financiamiento rápido. No deben quedar dudas de que el Fondo está preparado para desplegar sus procedimientos de emergencia y cuenta con la flexibilidad para aprobar rápidamente programas con préstamos elevados, basados en condiciones racionalizadas.
A pesar de lo sombría que parece la situación ahora, estoy convencido de que hay una salida. La clave es conseguir que quienes definen las políticas remen en la misma dirección.
* Director General del Fondo Monetario Internacional.
(Texto editado por EL UNIVERSO).