sábado 11 de octubre del 2008 Columnistas

Ser universitario

Cada vez que empiezo un periodo en una de las universidades en las que colaboro, me rondan inquietudes repetidas. Abordar la tarea de conducir a los jóvenes hacia la adquisición de destrezas profesionales, en nuestros días y en la concreta realidad ecuatoriana, tiene condiciones poco favorables para el auténtico estudio.

La problemática puede ubicarse desde en las actitudes hasta en los medios. Vamos por partes. Llevo tiempo observando cierta tendencia a desaprovechar los talentos naturales que tienen los estudiantes por causa de una especie de pereza mental y pasividad que los convierte en elementos escasamente activos en el aula y fuera de ella. A los maestros nos impacienta hasta la exasperación el desparpajo con que muestran su distanciamiento de la lectura. Quieren ser universitarios de apuntes de clase, no de libros. De datos tomados a través del famoso copy y paste con que se picotean trabajos ajenos en la red, poco digeridos y que van a parar a sus propios papeles en el ánimo de sorprendernos cuando enviamos tareas. Convencerlos de que esas fuentes exigen de una revisión exhaustiva por la ligereza con que muchas son escritas, resulta arduo.

El actual llamado a la creatividad de acciones pedagógicas demanda más esfuerzo del maestro y convierte a los alumnos en jueces implacables. Si la hora de clase no es “entretenida” o si no cuenta con la utilización de tecnologías (y allá van jóvenes catedráticos armados de laptops e  infocus  a leer en las proyecciones lo que antes se leía en fichas, ambas prácticas erradas), bostezan y se retuercen en los asientos dominados por el aburrimiento.

Hasta gracia me ha hecho que un adolescente me preguntara en días recientes que cómo se estudiaba antes de internet. Le era difícil admitir que buscábamos en enciclopedias el dato que hoy nos proporciona Google en un abrir y cerrar de ojos y que escribíamos a máquina y con papel carbón nuestros trabajos académicos. ¿Ha mejorado la calidad del saber que se cultiva en las universidades porque ahora contamos con la red mundial de información y porque las máquinas nos facilitan el trabajo? He allí la necesidad de un diagnóstico que no podría hacerse desde la mera opinión.

Para conseguir conocimientos y destrezas, hay algo más profundo que el acceso a los datos y eso es la actitud. A la universidad debe llegarse dispuesto a poner la tarea investigadora y reflexiva por encima de cualquier otra actividad. Pero nuestros estudiantes en buena parte trabajan para pagar sus carreras. Llegan cansados y dormitan mientras los profesores planteamos discusiones, abrimos temas nuevos. El capítulo por revisar viene a medias, el informe está incompleto y el tan elogiado trabajo en grupo encubre las debilidades de algunos. Así se ganan calificaciones no individualizadas y se van aprobando los cursos.

Tal vez la responsabilidad del trabajo, una vez que el afortunado consigue un empleo en el área para el que se preparó, exija que se llenen los vacíos, que se templen los hábitos hechos al calor de  atrasos y de exámenes supletorios. Acaso las reglas de las empresas sean más firmes que las de las instituciones educativas. Entonces el ser universitario será tan solo un recuerdo y se sublimará en la evocación.

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