viernes 10 de octubre del 2008 Columnistas

Sin vuelta atrás

Después de la victoria electoral en el referendo, el presidente Rafael Correa ha dicho que no está interesado en el poder y que, si pudiera, no sería ya candidato y se iría a su casa o adonde el pueblo ecuatoriano crea que va a servir mejor. Los alcances de esta declaración solo pueden ser sopesados desde la situación de que es él quien detenta el mando del país, pues ninguna persona que ha conquistado tanto poder va a querer, como está de moda decir, invisibilizarse. Por eso, ahora que ha obtenido un triunfo más, el desafío consiste en concebir el poder con otros parámetros, en utilizar su autoridad de nuevas maneras, y en poner en práctica una comprensión novedosa del dominio político, pues es evidente que para realizar los cambios que se propone va a precisar de todo tipo de poder.

En el siglo XX los estudiosos de las prácticas políticas determinaron que el poder en sí no es monstruoso; a todos nos gustaría tenerlo ya que, de una parte, tiene una faceta fascinante que lo hace deseable, y, de otra, es únicamente con poder efectivo y real como la sociedad puede transformarse. Se trata, más bien, de quitarle al poder el residuo afrentoso que tiene cuando es la única razón que se exhibe para justificar cualquier acto de gobierno. El reto del presidente Correa es cuestionar a ese poder que funcionó en los años anteriores a su mandato. Para empezar, el Presidente debe marcar claras distancias con los políticos llamados tradicionales e incluso con aquellos dirigentes de su movimiento y de otros partidos que, justamente por ansia de poder y figuración, lo acompañan en el Gobierno.

El presidente Correa cita a Franz Kafka en la presentación de la Colección Bicentenario que circula con  El Telégrafo. Qué riesgo y qué interesante hablar de Kafka desde la función de Presidente, pues el autor checo testimonió cómo el poder hizo padecer a los ciudadanos del siglo XX. En uno de sus  Aforismos  de 1918 escribió: “A partir de cierto punto ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto”. Es ahí donde el presidente Correa hoy está situado: en un punto donde ya no puede vacilar y, por tanto, no hay vuelta atrás. Esto significa que los ecuatorianos debemos ser testigos, día a día, minuto a minuto, de cómo el Gobierno ofrece un nuevo rostro con prácticas políticas más participativas y más democráticas.

El desafío inmediato es conseguir que la Comisión Legislativa que dominará Alianza PAIS no se parezca no solo al Congreso Nacional de años anteriores sino que se distancie de varias actitudes arbitrarias que se impusieron en la Asamblea Nacional Constituyente de 2008. Kafka también dijo en 1920: “La debilidad fundamental del hombre no reside en no poder vencer, sino en no saber aprovechar la victoria”. Entonces, con aquel respaldo inmenso del que goza el presidente Correa, los ecuatorianos necesitamos sentirnos representados por un gobierno sobrio, eficaz, efectivo y sereno que, en el ejercicio cotidiano del mandato, trabaja por el bienestar colectivo sin arruinarle la vida a nadie, que exige lo necesario, que permite la imaginación y la risa… en fin, que concibe el poder solo como un mecanismo para atender las necesidades más sentidas.

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