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Anticipábamos algo mejor de McCain, quien en una ocasión mostró profundo desprecio hacia la política de ganar a cualquier precio. Él mismo fue expulsado de las elecciones primarias de los republicanos en el 2000 por este tipo de ataques sucios, orquestados por algunas de las mismas personas que actualmente dirigen su campaña.
Es un lamentable hecho de la vida política en Estados Unidos que las campañas se tornen desagradables, a menudo en sus semanas finales. Sin embargo, el senador John McCain y la gobernadora Sarah Palin han estado conduciendo una de las campañas más alarmantes que podamos recordar.
Ellos han ido mucho más allá de la cuota usual de citas fuera de contexto y distorsiones del pensamiento de un opositor, entrando al oscuro territorio de las insinuaciones raciales y la xenofobia. El senador Barack Obama ha lanzado algunos golpes bajos a McCain, pero no hay comparación.
McCain intentó seguir un camino más digno en el debate presidencial efectuado la noche del martes 7 de octubre. Pero aparte de prometer que compraría hipotecas en problemas cuando fuera presidente, no ofreció una sola respuesta real con respecto a cómo planea resolver la profunda crisis económica del país. Es incapaz de, o no está dispuesto a reconocer que el responsable fue el embate republicano a la regulación.
Noventa minutos de cordialidad forzada no borró la abismal fealdad de su campaña en semanas recientes, ni nos dejó con mucha esperanza en cuanto a que no regresaría a la misma fealdad abismal al día siguiente.
Palin, en particular, se deleita en el ataque. Sus mítines de campaña se han convertido en espectáculos de ira e insultos. “Este no es un hombre que ve a Estados Unidos como ustedes y yo vemos a Estados Unidos”, ha estado diciendo Palin últimamente.
Esta línea sigue pasajes del nuevo discurso de Palin en paradas de campaña, en el cual ella distorsiona la imprudente asociación, aunque fugaz y terminada hace ya largo tiempo, de Obama con William Ayers, el fundador del grupo Weather Underground, el cual confesó haber ayudado a plantar una bomba en un atentado. Para cuando ella terminó, dio a entender que Obama actualmente es amigo cercano de Ayers y que simpatiza con el derrocamiento del Gobierno a través de la violencia. El demócrata, dice ella, “ve a Estados Unidos, al parecer, como un sitio tan imperfecto que está haciendo amistad con terroristas que convertirían su propio país en un blanco de ataques”.
Su demagogia ha suscitado algunas respuestas aterradoras e intolerables. Un reciente artículo publicado en el diario Washington Post decía que, en un mitin efectuado en Florida esta semana, un hombre había gritado: “¡Mátenlo!”, luego de que Palin acusase a Obama, al tiempo que otras personas gritaban epítetos a un integrante negro de una cuadrilla de televisión.
Los asesores de McCain ni siquiera han intentado ocultar sus cínicas tácticas, diciendo que ellos estaban siguiendo el “camino negativo” con la esperanza de desviar la atención lejos de la crisis financiera; y por implicación, la titubeante respuesta de McCain.
Ciertamente anticipábamos algo mejor de McCain, quien en una ocasión mostró profundo desprecio hacia la política de ganar a cualquier precio. Él mismo fue expulsado de las elecciones primarias de los republicanos en el 2000 por este tipo de ataques sucios, orquestados por algunas de las mismas personas que actualmente dirigen su campaña.
Además, resulta impactante la táctica de culpabilidad por asociación, ya que McCain tiene su propia lista de socios políticos a los cuales le gustaría olvidar. Nos sentimos decepcionados luego de haber visto el anuncio que la campaña de Obama sacó al aire (solo para esta ocasión), recordándole a los electores sobre la participación de McCain en la debacle de los ahorros y préstamos de los Keating Five (Los Cinco de Keating, en alusión a los cinco senadores estadounidenses que estuvieron involucrados en un caso de corrupción en 1989), por la cual el Senado estadounidense le dio una reprimenda. Ese episodio cuando menos tiene relevancia para los alegatos de McCain en el sentido de que él era el candidato de moral pura y su argumento en cuanto a que él, solo, es capaz de acabar con la codicia, el fraude y el abuso.
De alguna forma, no debería tomarnos por sorpresa que McCain haya caído tan bajo, ya que el debate volvió a mostrar que tiene muy poco de qué hablar. Hace ya largo tiempo que él abandonó sus temas distintivos sobre reforma a la inmigración y calentamiento mundial; sus palabras sobre la “victoria” en Iraq tienen muy poco que ofrecerle a una nación cansada de la guerra; además, su ideología inspirada en la administración Reagan, relativa a la administración del Gobierno con mínimo costo para el contribuyente fiscal y deshacer la regulación, yace en jirones en Wall Street.
Pero, con seguridad, McCain y su equipo pueden idear una mejor respuesta a ese problema que incitar mayor división, ira y odio.
© The New York Times News Service.