- OCT. 08, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
Un momento de la obra teatral La vorágine, con el grupo colombiano Teatro Tierra.
Un trabajo limpio, arriesgado e irremediablemente poético fue el que presentó Teatro Tierra de Colombia, como cierre en Guayaquil del XI Festival Internacional de Teatro Experimental.
La mayoría de las veces en que una obra literaria –y sobre todo si se trata de una obra maestra– es adaptada a algún formato audiovisual, traiciona el original y no pasa de ser una mala interpretación de la palabra escrita. No es el caso, afortunadamente, de Teatro Tierra, cuya adaptación de la novela La vorágine, de José Eustasio Rivera, resultó fascinante.
Diez actores en escena, bajo la dirección de Juan Carlos Moyano, interpretaron más de treinta personajes, con sorprendente virtuosismo y versatilidad.
Sorprendió mucho, sobre todo, cuando se dio a conocer que ese había sido el trabajo de graduación del programa de artes escénicas de la ASAB (Academia Superior de Artes de Bogotá).
Aparte de su destreza corporal e interpretativa y la pulcritud de los movimientos, lo que más saltó a la vista fue la capacidad de los actores de con unas cuantas tablas, siete en total, lograr transformar el escenario en un sinnúmero de lugares, recreando infinidad de atmósferas. Usaron esos objetos (las tablas) tantas veces y de tantas maneras, que prácticamente los actores podían transportar a los espectadores al sitio que ellos quisieran.
Hubo claras reminiscencias brechtianas y grotowskianas en ese trabajo, destellos de su época de oro, en la década de los setentas, que tan bien se asentó en Colombia.
Pero fue una nueva interpretación del teatro pobre y brechtiano, su estructura narrativa, la referencia a hechos pasados, la utilización de ningún elemento (solo las tablas) para recrear una escenografía inexistente y usando a los actores como parte de ella.
La semiosis de cada uno de los ambientes, de cada una de las texturas, elevaron a esta obra a la categoría de metáfora visual, viva, que se iba construyendo y deconstruyendo ante los ojos de los espectadores.
La extensión del espectáculo, casi dos horas, pasó inadvertida ante su eminente teatralidad, demostrando una vez más que solo es imprescindible el actor para que el teatro se reinvente a sí mismo.