Miércoles 08 de octubre del 2008 El Gran Guayaquil

Nader vistió la historia con sus telas

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Elianne Antón, de 54 años, mantiene el negocio que heredó de su tía Dibe Antón el año pasado.

El poliéster y la moda de los 70 dieron vida a Depósitos Nader, que no solo constituyó un negocio   de telas, sino el segundo hogar de sus empleados.

Después de sobrevivir al feriado bancario, el ataque de la mercadería china y los cambios en las costumbres de las personas, Risaraldo, más conocido como Depósitos Nader, aun hoy se repone a la pérdida de su administradora desde los años 60, Dibe Antón, hace un año.

“Ella fue como una madre”, recuerda Ángel Galarza, quien en 33 años de trabajo ha convertido el local en su casa y a sus compañeros en su familia.

Recorre las calles desde Las Acacias hasta su trabajo, en la bicicleta que Dibe Antón le regaló. Ángel no tiene hijos ni esposa, pero es según Elianne Antón, actual administradora del negocio, la dedicación de empleados como él lo que mantiene al establecimiento de pie.

El desaparecido pasaje Vigñolo, ubicado en Pedro Carbo entre Luque y Aguirre, vio nacer al negocio de Elías Nader, en 1956.

Quien después de asociarse con Antón dejó la responsabilidad de la empresa en sus manos hasta que ella la adquirió en 1989, según recuerda su sobrina y actual guardiana del negocio familiar.

Depósitos Nader nunca dejó de serlo pese a cambiar de nombre a Risaraldo, de esto la única evidencia permanece en un pequeño letrero en la parte superior del aviso fuera del almacén, actualmente en Chimborazo y Aguirre.

En este local de características perdidas en el tiempo sus empleados han visto cambiar y crecer a la ciudad. Desde las agitadas mañanas previas al inicio de clases hasta el desdén actual por la compra de telas. “Ahora más caro sale pagar a una costurera que comprar telas”, asegura Antón.

Depósitos Nader mantiene 15 de los 30 empleados que llegó a tener y atraviesa por dificultades económicas.

“Si mi tía no cerró pese a todos los contratiempos, yo tampoco lo voy a hacer”, afirma Elianne.

En este negocio los empleados han disminuido con los años. Pero ellos señalan que los tiempos se reviven los días que viejos clientes recorren las perchas  contándole a sus nietos una parte de su historia.
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