- OCT. 08, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Tienen décadas de trabajo aferrados a Guayaquil. Por varias generaciones han vendido dulces, remedios, perfumes, libros o telas y aún mantienen la fe en este puerto y su gente. Son cinco locales. Son cinco historias del pasado y un presente que quiere resistir.
La Palma, 100 años de dulce historia
Lo hace desde 1915, cuando solo tenía dos años. Hoy, en el 2008 y 93 años después, Humberto Zavala repite su ritual diario: sentarse en la dulcería La Palma y desayunar.
Esta vez prueba un “cachito”. Son las 11:30 y, como el cliente más antiguo del local, tiene la autoridad para hacer un diagnóstico: “El sabor es el mismo, si es que no ha mejorado”.
Como él, una gran cantidad de personas reproduce diariamente esta imagen. Las mesas y sillas del lugar pueden ser confundidas con los modelos que se utilizaron en 1908 cuando la familia Costa, de origen catalán, tomó la dulcería y la convirtió en una tradición de la ciudad.
Ha pasado más de un siglo desde que Florencio Cabana Plá llegó de España y trajo consigo al maestro pastelero que convirtió los “borrachitos” en una marca en el paladar de los guayaquileños.
Fue Martín Costa Carbonell quien compró el negocio y constituyó con su determinación la empresa que hoy administra la cuarta generación de su familia.
Esta empresa vivió días alegres y difíciles en su primer local de la calle Luque. Como aquel, a la medianoche de un día cualquiera en los años 30. La Palma estaba lejos aún de cerrar sus puertas. El día de trabajo se extendía con las tertulias de familias que al salir de la “matiné” pasaban a tomar un chocolate, recuerda Angelina Costa, de 81 años, sobrina del patriarca de la dulcería.
Un incendio en la calle Luque acabó con el primer local de los Costa pero no con la voluntad de la familia para seguir con el negocio. Así, en un pequeño lugar, en Escobedo entre Vélez y Luque, donde antes fue la zona de producción de los dulces, La Palma reapareció.
Fueron tiempos duros, recuerda Angelina, pero también claves para desarrollar el apoyo familiar que caracteriza a la empresa. “No hay quién de la familia no haya trabajado aquí”, comenta María de los Ángeles Costa, hija de Angelina.
En los tiempos difíciles y también en los de bonanza, todo ha sido parte del trabajo de todos. Es la tradición de la familia el estar dispuesto a cooperar.
Dulces como la “lengua de gato”, biscotelas o helados sobreviven al paso del tiempo. Hay otros, como las “viscondesas”, que no lo lograron. Lo que no ha caducado es el compromiso con el cliente, ese que para los Costa significa un doble gusto: el del paladar y el del bolsillo.
Es el caso de Esther de Flor, quien a sus 88 años, sigue visitando por lo menos dos veces por semana la dulcería.
Esther repleta su mesa con un Melba con chocolate, vainilla y frutilla, y además acompaña su helado con biscotelas.
Se sienta sola en una mesa frente al mostrador y rememora el tiempo en el que la acompañaba su fallecido esposo o su nieto.
La Palma es el lugar donde no se pone límites a la elección, dice María de los Ángeles Costa. “No hay desayuno americano o continental, aquí se elige de todo, dulce o salado”.
También se buscan límites a los precios. La familia tiene claro que los clientes son el alma del negocio, por lo que el precio es esencial. Beatriz Lértora de Costa plantea su estrategia de venta: expender por volumen.
“Hay muchas cosas que han subido de precio, pero solo variamos los costos una vez al año”, recalca Beatriz, jefe de producción de La Palma.
Ella explica que los recortes se hacen a nivel de producción, para así mantener el lugar lleno de gente como insistía en hacerlo su fundador.
El lugar de la ciudad donde “se desayuna a cualquier hora” abre sus puertas de 07:00 a 20:00 con la cara familiar de Víctor Herrera, quien atiende hace 37 años las mesas del local del centro.
La Palma envuelve en sus mesas la infinita historia de familias, amigos y enamorados, políticos y artistas quienes como todos los que visitan Guayaquil buscaron experimentar estar rodeados de un siglo de dulce tradición.