Miércoles 08 de octubre del 2008 El Gran Guayaquil

Librería Rodríguez, un lugar guayaquileño por historia

“Después de crecer aquí, es difícil pensar en cerrar”. En anaqueles que antes fueron envueltos con el agobiante movimiento de las compras escolares, ahora descansan libros empolvados, llenos de historias sin leer.

Leticia Rodríguez mantiene vivo el negocio de su familia y con él recuerda los momentos  más alegres de su infancia.

Con el incentivo de un hombre apasionado por la lectura, como recuerda Leticia a su padre, José Teodoro Rodríguez abrió las puertas de la librería que lleva su apellido en 1932, con el apoyo  de su esposa, Blanca Égüez de Rodríguez.

Juntos en su primer local, ubicado en Pichincha y Sucre, emprendieron el negocio que hicieron crecer comprometiendo en él su vida.

“Atención personalizada y orientación para buscar los textos” es algo extra que ofrecía su padre, asegura Leticia, pues su inigualable memoria podía recordar desde donde se guardaban unas simples tachuelas hasta en qué anaquel reposaba el último libro adquirido.

Después de un tiempo fue la prosperidad del creciente negocio una razón suficiente para  cambiar de establecimiento a un  lugar más grande, ubicado en 10 de Agosto, entre Chimborazo y Boyacá.

Pero fue la última mudanza del local, a Clemente Ballén, entre Boyacá y García Avilés, la que marcó a Leticia, quien con ojos de añoranza recuerda haber pasado su infancia en ese almacén, guiada por su padre en el amor a la lectura.

“Me hacía pasarle libros una y otra vez; no los necesitaba, pero lo hacía para que les cogiera cariño”, asegura Leticia. Vivió entre lápices de colores Faber-Castell, compases de precisión Lira y materiales de pintura importados que llegaban en  grandes morrales y aún ahora se pueden ver en su vitrina.

La librería no ha cambiado casi en nada, según recuerda su actual administradora, quien heredó el cargo luego de la muerte de su hermana en el 2000. El negocio se mantuvo cerrado un largo tiempo después de que Carmita falleciera, recuerda Leticia, quien ahora abre solo de 16:00 a 18:30.

El local, que antes acogió a clientes exclusivos como Enrique Tábara, Luis Peñaherrera o Jaime Villa, ahora espera encontrar mentes que consuman las letras, números e historias en la percha.

Negándose a implementar un sistema de computadoras o contratar a alguien más para atender, esta mujer de 56 años no quiere llegar al punto en el que vender sea la prioridad y así prefiere mantener el trato personalizado y defender la costumbre de sus padres. En un negocio que no rinde, pero no muere mientras en él vivan los recuerdos de una familia.
El Gran Guayaquil

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