Edición del VIERNES 3 de Octubre del 2008
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El resplandor del sambo
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nunezdelarco@gmail.com | Jaime Núñez del Arco

El resplandor me da miedo. Solo el genio de Stanley Kubrick pudo crear una peli cuyo tráiler atemoriza más que la película misma (y con una sola toma, además).

Ayer la puse por tercera vez, cenando en la tranquilidad de mi casa y engañado al pensar que, luego de ver los primeros 15 minutos, subiría a escribir esta columna.

Llegué hasta el final –el niño perseguido dentro de un gigantesco laberinto–, soportando estoicamente la tensión, mientras de a poquito una idea crecía en mi cabeza: Samborondón es ese laberinto.

Llevo casi 30 años viviendo aquí, desde la época de cuatro calles asfaltadas y bicicletas tiradas sin miedo en plena calle.  Desde los días de pesca a orillas del río Guayas, entre matorrales y a puro lodo, hasta que la caída de sol dictaba la hora de volver a casa.

Desde cuando eran solo montes y manglares lo que hoy es McDonald’s y un montón de discotecas. Antes de las fortalezas, la iglesia y el cementerio triple A. Antes de las multiplazas, los multicines y los multiasaltos.

El resplandor laberíntico in crescendo que es Samborondón versión 2008 –un rompecabezas de cercas gigantescas, calles sinuosas con muchos autos pero poca gente y ciudadelas que solo les falta un mapa para recorrerlas sin perderte– está llegando peligrosamente a convertirse en un alegre y aséptico espejismo de la realidad; esa que dejamos atrás cada vez que cruzamos  un puente. No puedo negarlo, vivo aquí y la mayor parte del tiempo me gusta. Cuando camino con la tranquilidad de que, probablemente, no voy a morir aplastado. Cuando puedo dormir por horas sin estar expuesto a los altos decibeles que se quedan al otro lado del río. Y principalmente cuando, después de trabajar como el común mortal que soy en la ciudad, regreso a la calma de casa, a la brisa  y a las dos o tres iguanas que todavía dan la vuelta sobre los árboles frente a mi ventana.

Lo que no me gusta es pensarme –y que me piensen– dentro de una burbuja. Encerrarme, así sea teóricamente, en algo que no es la vida real: simplemente es un paréntesis a ella. Por eso rechazo el recién acuñado término pelucón y, más aún, rechazo el juego posmoderno de lucirlo con orgullo.  Creo que tanto a un lado como al otro, todos vivimos los mismos problemas del tercer mundo en el que nos tocó aterrizar. Simplemente, unos estamos por aquí y otros están por allá. A algunos les gusta más aquí y otros, puedo jurarlo, nunca jamás traicionarán vivir allá. Cuestión de feeling... y de geografía.

Ahora lo pienso mejor y tal vez la cosa no sea tan terrible como en la película de Kubrick.

Las estadísticas indican que cada día más personas entran a este laberinto de lagunas artificiales y cemento para escaparse. El problema es que, al parecer, la gran mayoría no desea encontrar nunca el camino de vuelta. O peor aún: buscan olvidarlo. Y como buen sambo que soy,  eso sí me da un poquito de miedo.


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