Las influencias que el niño recibirá de sus padres serán decisivas en la estructuración de su sensación de seguridad, por lo que la manera de ser de los padres, y la forma en que le transmitan esta manera de ser, será vital para su funcionamiento en la vida.
Es difícil que un padre inseguro críe a un hijo seguro de sí mismo, por no poseer las características necesarias para ser el modelo que moldeará en el niño el perfil de autoconfianza y afirmación, rasgos básicos de esta actitud de aplomo frente a la vida. La imagen que le proyectará al niño no incluirá las cualidades necesarias para desenvolverse con autonomía y decisión. Esta formación incompleta limitará las probabilidades de que este se desenvuelva exitosamente en su interacción con el mundo exterior.
Por otro lado, un padre seguro de sí mismo no necesariamente garantiza que su hijo vaya a ser su fiel copia. Muchas veces el padre espera que el niño actúe como él, sin más trámites, por ósmosis, sin enseñarle paciente y gradualmente a lo largo del tiempo, utilizando situaciones de la vida diaria como campo de trabajo, permitiendo que el niño vaya aprendiendo también de sus inevitables errores iniciales, o sin tomar en cuenta su grado de madurez cronológica, emocional, intelectual.
En el caso extremo encontraremos al padre que castiga al niño por no actuar como él le exige. Situaciones como estas más bien podrían causarle frustraciones y temores, o rechazo a la figura del padre y lo que esta representa, con las consiguientes reacciones de inseguridad e inmadurez emocional, justo lo opuesto a lo que se buscaba.
Afortunadamente, la influencia del padre no es la única que recibe el niño, y en buena hora. La presencia de la madre en la formación del carácter del hijo es fundamental. De ella dependerá cómo le llegará el mensaje del padre y cuánto de este mensaje creerá, asimilará y ejecutará (la credibilidad de la madre por lo general es bastante superior a la del padre). Muchas veces la madre debe interpretar lo que el padre “realmente quiso decir” cuando habló (o gritó) más de la cuenta, o debe justificar muchas de sus conductas para que el niño no desarrolle temores o complejos.
A menudo debe complementar la presencia del padre cuando esta es incompleta, llenando los vacíos dejados por este sin hacerle perder imagen frente al niño, situación por demás exigente cuando muchas veces ella misma no está recibiendo esta presencia (por problemas conyugales, de salud, emigración, entre los más importantes). La confianza que el niño tiene en su madre desde que nace permite que su influencia le llegue casi sin cuestionamientos, por encima de las fases de rebeldías y pataletas. El niño, en el fondo, sabe que su madre tiene razón y que, a la corta o a la larga, la opinión de ella prevalecerá, porque es la verdad y es para su bienestar. Por eso es importante que el mensaje que reciba estimule su autoconfianza y estima.
La madre que es firme en su ubicación frente a la vida, que es coherente en el manejo de su realidad, que es consciente de sus fortalezas y debilidades, y que ha aprendido de sus aciertos y errores, por supuesto que le transmitirá al niño un mensaje claro, realista, que le permitirá a este dar pasos seguros desde el comienzo.
La madre fuerte (fuerte no significa gritona, mandona o metida) también verá más allá de los triunfos y fracasos momentáneos que el niño tendrá, sin envanecerse o desmoralizarse, y más bien aprovechará cada experiencia para establecer si es necesario corregir el rumbo.
El trabajo de la madre en la construcción de un hijo seguro de sí mismo no es fácil, ni necesariamente percibido o reconocido. Pero el verlo salir adelante será su mayor recompensa.