George Bush se salió con las suyas, así que dispondrá de 700 mil millones de dólares para impedir que la mayor economía del mundo se declare en bancarrota. Wall Street no le apuesta al mercado libre sino a papá gobierno, provocando la furia de la derecha del partido Republicano, que sigue rezongando que la mejor receta, ante cualquier crisis, es dejar que los grandes bancos y empresas decidan solos.
¿Sacarán los empresarios ecuatorianos las lecciones que esto encierra? No estoy seguro. Casi todos miran a Rafael Correa con los mismos ojos que la extrema derecha norteamericana. Se olvidaron ya de la crisis financiera, de la cual los bancos no pudieron salir sin ayuda del Estado, y están convencidos de que “democracia” siempre será sinónimo de “capitalismo liberal”. Les disgusta la sola propuesta de que se regulen sus actividades, y al comprobar que al pueblo no lo convence que el sector privado lo decida todo, se desconciertan y desmoralizan. No aceptan que los ecuatorianos –guayaquileños incluidos– aspiran a un modelo económico y político distinto, y que ese será por un tiempo el terreno en el que habrán de jugar.
Quizás esta confusión de los capitanes de nuestra empresa privada no sea del todo mala. Quizás sirva para que tomen distancia del Estado (algo que nos vendría muy bien) y podría incentivar a otros grupos sociales a que asuman protagonismo. La política es un asunto demasiado vital como para encargársela a los generales o a los millonarios. Yo personalmente le tengo mucha confianza a la clase media, sobre todo a los profesionales asalariados, no solo porque están acostumbrados a trabajar en equipo, sino porque sobre sus hombros descansa la base tecnológica del país. Ellos podrían aportar muchísimos políticos honestos y capaces. Lo que ocurre es que esa clase media asalariada no se ve a sí misma como protagonista. Se resigna a ser la compañera de baile. Es hora de que cambie de actitud.
Dentro de poco su postura será decisiva, por ejemplo, para el futuro de la seguridad social. Quiero decir que la privatización del Seguro ya fue descartada por los electores y los afiliados, pero podríamos enfrentar un peligro aun mayor al querer usar el Gobierno el IESS para ganar simpatías políticas, permitiendo que se afilien millones de ciudadanos que no podrán aportar ningún ingreso pero sí requerirán de todos los servicios.
¿Que todos los ecuatorianos, sin distinción, merecen un seguro de salud y una jubilación decentes? Desde luego, y así lo hemos reclamado, pero esa es una obligación del Estado y no del IESS, que siempre fue un fondo común de los trabajadores, que lo pagan los asalariados jóvenes para auxiliar a los viejos que los precedieron, aunque el poder político siempre lo usó como caja chica para campañas electorales oficialistas.
El verdadero problema con Rafael Correa, entonces, no es que proponga una mayor intervención del Estado. Si Estados Unidos se convenció ya de esa tesis, cometerán un absurdo los que quieran seguir siendo más papistas que el Papa. La verdadera amenaza del correísmo está en que quiere que el Estado meta la mano donde no debe y de la forma en que no se debe, y en que está convencido, además, de que el Estado es él y no las instituciones políticas democráticas en un clima de amplia libertad individual y colectiva.