domingo 05 de octubre del 2008 Columnistas

Tragedias son esas

Al fin y al cabo, nosotros estamos requetebien. Hasta estamos estrenando nueva Constitución. Y pronto nuevo Congresillo, que después se volverá Asamblea. Y nueva Corte. Y luego hasta nuevos alcaldes, que serán los mismos, y nuevo Presidente de la República, que también. O sea, no tenemos de qué quejarnos. Todo marcha. Pasaron las inundaciones. Pasó el ciclón de la campaña. Pasó hasta la Iglesia. Comenzamos, optimistas, una nueva vida, un nuevo destino promisorio, en que todo será igualdad, equitatividad, seguridad alimentaria, medicinaria, viviendaria, educataria y hasta sexualitaria.

No tenemos, pues, que preocuparnos por nosotros sino, solidariamente, por los otros, que son los que están viviendo malos momentos. Tragedia, lo que se dice tragedia, es por la que  está pasando Estados Unidos. Ellos, los que nos decían lo que teníamos que hacer y cómo lo teníamos que hacer, son ahora los que no saben. Ellos, que nos mandaban misiones para ordenarnos y vigilarnos, ahora están en total desconcierto, sin saber por dónde terminar y, peor, por dónde comenzar.

A los más ricos, ¡pobres!, les agarró el desplome, el descalabro, la crisis más pavorosa que imaginarse pueda. Y entraron en una profunda depresión. Cómo será que ellos, que son tan adictos al prozac, ahora sienten que ni siquiera eso les cura. Y es que la depresión es tan brutal, que todas sus reglas económicas se les han desplomado y hasta  intentan que el gobierno intervenga en los mercados para hacer lo que nunca antes había pensado: salvarlos. Porque, que se sepa, su gobierno había intervenido en muchas áreas entre las que se encontraban las de los países extranjeros, donde había puesto y tumbado presidentes y apoyado y tumbado dictaduras, había declarado guerras con pretextos inventados pero, nunca de los nuncas había intervenido para regular su mercado financiero que, hasta ahora, era sagrado.

Y es que una cosa es que ese gobierno haya intervenido afuera y otra cosa es que intervenga adentro. A nosotros mismo, que ahora estamos tan felices, nos dictan normas sobre los derechos humanos porque ellos los respetan tanto que hasta para torturar van afuera: a Iraq o a Guantánamo, donde mantienen a sus prisioneros en las condiciones más abyectas que imaginarse pueda. Siempre afuera. Porque, adentro, máximo aplican inyecciones letales para asesinar a los condenados, muy civilizadamente, claro.

Es decir, tragedias, lo que se dice tragedias, son esas. Aquí, por suerte, lo máximo que nos pasa es que nos enloquecemos cada dos meses con cada nueva campaña y con la propaganda que nos atosiga.

Pero después todo pasa. Y nos quedamos felices con lo que viene, que es todo bueno: Constitución, Asamblea, Corte, tribunales, buró político, infiltrados y todo mismo. O sea, vamos alcanzando el  summa cum laude,  que es como se llama el buen vivir en quichua, creo.  Y ya que estamos tan felices, ¿no será de que el Correa vaya en rescate de los que sufren y les mande un avión con prozac para que se curen de la depresión? Lindo gesto fuera. Ojalá.

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