Siendo columnista serio analizaré el fenómeno trascendental de la elegancia. Por vestirme con pigricia según mi humor, tener alergia a ternos, esmóquines y otros disfraces, fui elegido una vez entre los peor vestidos, sentí que mi vida había sido un largo fracaso. Una chaqueta de Dios hubiese cambiado mi destino. Siempre llevé lo que me venía en ganas, solo poseo dos trajes y tres pares de zapatos. Los modistos se ponen de hocico, llevo en la frente su anatema. Después de recopilar datos a través de la historia, logré redactar la lista de los (para mí) mejor vestidos, escogiendo a personajes intemporales o contemporáneos:
Adán: Sobriedad en el atuendo. La elegancia es cuando no sobra nada. Ticiano lo pintó con una hoja de parra en los genitales, pues la Inquisición no bromeaba con alusiones escatológicas. Por efectos de mutaciones a través del tiempo, las frutas prohibidas llegaron a ser atributos femeninos de envidiable turgencia. Un hombre llamado Philippe de Brassière inventó el mágico sujetador, considerado como el mejor político porque sostiene a la izquierda, a la derecha, impidiendo el balotaje.
Diógenes: Condenó lo superfluo, buscó con su linterna a plena luz del día al hombre de verdad, honrado y desprendido. Vivió metido en un barril, realizó los primeros happenings de la historia, llegando a hacer públicamente cosas que censuran la moral o las buenas costumbres, liberando sus aguas amarillas con énfasis frente al pueblo absorto, llegando a proferir una frase que modificaría siglos después el francés Descartes. “Mingo ergo sum” (Hago pis, luego existo).
Gandhi: Llevó con garbo pañales mayúsculos, cráneo rapado. Le hubiera recomendado, sin embargo, usar prendas elaboradas con satén, seda importada, terciopelo raso, chifón francés. Deploro que haya tenido alergia a la ropa interior. Sin embargo, su dieta podría ponerse de moda en la jet set, pues lucía el asceta una envidiable delgadez.
Juana de Arco: Anuncia la era de Paco Rabanne con coraza de metal, yelmo, cimera, visera. El conjunto pesaba cincuenta kilos. El peto redondeado, los grandes codales, guanteletes, canillas, grebones, gorguera, realzaron su inimitable encanto.
Arafat: Nadie sabe por qué razón se puso en la cabeza el mantel de cuadritos probablemente sustraído de algún restaurante. Aquella tela llamada Vichy se sigue usando en los albergues informales.
Tarzán: Último “grito” de la moda selvática, ideal para safaris, expediciones de caza mayor. Jamás se pudo averiguar si Johnny Weinsmuller usaba calzoncillos debajo de su taparrabo. Los escoceses, más descarados, suelen exhibir sus nalgas paliduchas, sus cien pipers, cuando el viento alcahuetea la morbosa curiosidad.
Robinson Crusoe: Impactante muestra de adaptación al ambiente. Su tufillo almizclero, sus pezuñas reverberantes tenían poder afrodisiaco anunciando feromonas, “estimulación renovada”, influencia de los olores masculinos o femeninos en procesos hormonales. Se supone que su compañero Vendredi compartía los mismos efluvios.
Don Quijote: Se puso en la cabeza la bacineta de un barbero anunciando las lucubraciones metálicas de la moda actual (el llamado soft metal modelado por Gaby Dunkel.
Mi personal respeto para aquellos locos entrañables.