- OCT. 05, 2008 - Foto - Noticias - EL UNIVERSO
La oferta de los canales no varió en la cobertura de las últimas elecciones. Fue un poco más de los mismo de siempre.
En esta tiranía del poder televisivo, el ciudadano solo pudo limitarse a marcar su voto sin opción a reclamo.
La esfera pública es cuadrada. Adoptó ya la forma geométrica de una pantalla de televisión. El espacio para intercambiar opiniones y puntos de vista sobre temas de interés público y privado se encuentra hoy concentrado en la frecuencia televisiva. Esta esfera, que Jürgen Habermas definió originalmente como el sitio abstracto en donde las opiniones privadas se hacían públicas, se vuelve cada vez más un lugar inaccesible para las y los ciudadanos de este país. El objetivo del filósofo alemán no era ocioso, se trataba de ubicar la construcción de lo público en cada uno de los ciudadanos y ciudadanas de una democracia.
No por nada la crítica más recurrente al concepto de esfera pública habermasiano es que su concepción es burguesa y que solo una clase privilegiada tiene el tiempo, el interés y la oportunidad de participar en esta esfera pública.
No obstante su corte utópico, la concepción de esfera pública nos puede ayudar a entender un fenómeno que se ha venido dando a últimas fechas en este país: que el diálogo ciudadano se ha convertido en una discusión primordialmente mediática. Es tan difícil imaginarse a una institución del poder Legislativo, Ejecutivo o Judicial organizando un foro para discutir temas de interés público, facilitando una discusión.
Es increíblemente más sencillo hacer un spot y decir lo que se quiera sin tener que pasar por la enfadosa tarea de escuchar a los demás.
La pantalla sostiene que vamos bien, que las cosas se están haciendo, que el trabajo está, además de todo, bien hecho. Del otro lado, silencio.
En el estudio de grabación donde se producen los spots ‘informativos’ del Gobierno, de las cámaras y de los ‘afortunados’ ciudadanos que pueden pagar por su propio tiempo aire, lo único que se escucha es la voz del que habla.
Nadie está presente para externar su opinión respecto a lo que se dice en el mensaje. Si algo no puede hacer la televisión es escuchar.
Menos aún cuando la denominada “gran fiesta del periodismo” obtuvo el papel estelar en la cinta que el pasado domingo 28 de septiembre nos exhibieron cada uno de los canales nacionales, a pretexto de una jornada electoral que no se diferenció en nada de cualquiera de sus pares de los últimos 10 años de democracia en el Ecuador. Después del 24 de Mayo de 1822, una mano anónima escribió en los muros de Quito: “Último día de despotismo y primero de lo mismo”, no sé si pensaba en la televisión o en los gobiernos, pero 186 años después se aplica totalmente para ambos.
No era necesario levantarme temprano para encender la televisión, estaba segura de que ese día, y al menos hasta las 09:00, la temática canal tras canal sería: “Los inconvenientes en la conformación de las juntas receptoras o el material que no llegaba a tiempo en algún recinto”; sabía también que desde las 10:00 y hasta las 13:00, las imágenes no se diferenciarían de estación en estación, y así fue. Pero saber dónde o cómo votaban el Alcalde, el Presidente o el representante de algún partido político ya no es motivación para nadie. Al menos que algún televidente no lo haya visto en años anteriores.
El fango de la improvisación les llegaba hasta los hombros a los presentadores de casi todos los canales.
Conducciones atropelladas, peleas para tomar la palabra. Las preguntas de siempre a los reporteros en la calle, quienes tampoco parecían tener recursos suficientes para mantener un enlace agradable e informativo. Las mismas preguntas a los entrevistados. Estábamos jugándonos una Constitución y ninguno abrió los micrófonos a los ciudadanos. Ninguno intentó un análisis para explicar qué pasaría de ganar el Sí o el No.
El despotismo es un gobierno de una autoridad singular, una sola persona o un grupo de personas estrechamente relacionadas, que gobiernan con poder absoluto. Y es que en esta tiranía del poder televisivo el ciudadano solo pudo limitarse a marcar su voto sin opción a reclamo.