Domingo 05 de octubre del 2008 Religiosa y Obituarios

En el ochenta aniversario

Dios y yo

El pasado día jueves fue la fiesta de los Ángeles Custodios. Y como ese día, pero hace ochenta años, San Josemaría “vio” por vez primera el Opus Dei, me lo pasé agradeciendo.

Me decía en mi interior: ochenta, ciertamente, no son muchos años de servicio al Papa y a la Iglesia, pero tampoco son pocos. Debo dar a Dios las gracias por los miles de millares de hijos suyos que han hallado ya en su obra –por la gracia de Dios– luz, estímulo y cariño.

Para agradecer mejor, me imaginé a los Ángeles Custodios en aquel emocionante martes 2 de octubre. A todos. A los Ángeles ya en cierto modo “jubilados” y a los que todavía estaban esperando la persona que debían custodiar. Y los imaginé –salvadas las distancias, claro está– cantando a plena voz, como en el Belén, el Gloria a Dios en las alturas.

Me imaginé también al Ángel de mi Guarda. Que al ver en Dios mi vocación futura al Opus Dei, debió alegrarse mucho. Pues aunque mi vivir –el de su encomendado– sería una cadena interminable de comienzos y de recomienzos, vislumbró que trataría siempre de querer a Dios un poco más, y de servir, por Dios, a los demás.

También me imaginé al de usted. Que viendo en Dios lo que le ayudaría el Opus Dei directa o indirectamente, también se alegraría enormemente.

En fin, me imaginé al Custodio que gozó más que ninguno: al Ángel de aquel hombre joven que solo quiso siempre hacer la Voluntad de Dios.
El imaginarme a tantos ángeles felices me ayudó a dar a Dios las gracias por haber querido el Opus Dei. Y también por la fidelidad del instrumento que escogió para llevarlo a cabo.

Porque no fue nada fácil la tarea para San Josemaría. No tenía ni prestigio ni pesetas. Contaba solamente, para abrir aquel camino nuevo y viejo, con la gracia de Dios y con su buen humor. Y tenía por delante un espinoso panorama intraeclesial, ya que algunos estimaban, en aquel adolescente siglo veinte, que vivir con plenitud el evangelio no se compaginaba con el mundo y sus trabajos. Y mucho menos con el matrimonio. Mas esto no detuvo a San Josemaría ni un instante.

Por eso, en este ochenta aniversario de la fundación, cuando le vemos ya maduro y madurando en todo el mundo, mi gratitud y la de usted, como la de los Ángeles Custodios, resultan sumamente razonables.
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