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Obra de Bacon recobra frescura

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Un panel de su tríptico de la crucifixión.
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Octubre 05, 2008

LONDRES

El hecho de que la retrospectiva de Francis Bacon, en el museo Tate Britain, en Londres, haya estado repleta de visitantes desde su reciente inauguración no debería sorprender a nadie. La exposición es un hito, un éxito y su lanzamiento resulta casi perfecto.

Han pasado 16 años desde que Bacon, de origen irlandés, muriera a los 82 años, tiempo en el cual el mundo artístico ha cambiado y la generación de estadounidenses acostumbrados a la abstracción postbélica y cordialidad escéptica de Bacon es desplazada gradualmente.

El otro día había docenas de jóvenes estudiantes de arte, varios de ellos dibujando bocetos frente a los cuadros. Sospecho que pasará lo mismo cuando la exhibición, organizada por Matthew Gale y Chris Stephens, llegue a Madrid y luego a Nueva York. De pronto, Bacon luce renovado.

¿Cómo? A una edad madura, se convirtió, contrario a su arte sensacional, en una especie de caballero de la vieja escuela, gallardo e inmensamente amable cuando quería serlo, por lo demás renuente, un monumento a la Gran Bretaña de la posguerra. En esos días pintaba obras como la segunda versión del tríptico “Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión”, cuya versión original, a mediados de los 40, confronta una nación golpeada y convaleciente con lo que comúnmente se llama el choque del reconocimiento. Ahora estaba rehaciendo la obra para que se viera, como su amigo el pintor Lawrence Gowing señalaba en general sobre Bacon en sus últimos años, “clásicamente serena”.

“Soy un optimista, pero respecto a nada”, repetía Bacon constantemente, al lamentarse de su edad avanzada como “una enfermedad, un desierto, porque se te mueren todos los amigos”.

En diversos aspectos, para cuando rebasó los 75 años, Bacon parecía en retroceso; en general, se decía que su mejor trabajo había quedado atrás.

Sin embargo, los historiadores le han puesto atención a las fuentes de las que tomó prestadas imágenes y que iniciaron el tema crucial de la homosexualidad en su obra, reprimida durante mucho tiempo, y esto, junto con su reputación de chico malo, lo ha convertido en una fuente de fascinación.

Su repertorio de cadáveres ensangrentados, monstruos, cabezas mutiladas y putrefactas con dentaduras inmaculadas, perros sarnosos, ejecutivos que gritan, silenciosos y atentos, enjaulados y luego tras los marcos dorados y el vidrio reflector, en el que nosotros, también, aparecemos como fantasmas: todo esto está presente en su obra de mediados de los 50.

En “Estudio de figura I” o “Cabeza II”, de los 40, las superficies son animadas y densas como estuco, o gruesas como piel de elefante, pero cubiertas con velos delicados; una mezcla de dureza y fragilidad, de agresión y sensualidad, que definiría la obra durante toda su trayectoria. Bacon también plasmó brochazos delgados en morado, negro y blanco sobre lo que parece ser un lienzo desnudo para pintar su primer Papa, al exagerar la boca abierta, de manera escalofriante.

Varios trípticos y retratos, que reflejan el suicidio de George Dyer, su pareja, en 1971, marcan un experimento claro sobre sentimientos encontrados; son desgarradores pero, al mismo tiempo, clínicos. Como alguna vez lo describió un amigo del artista, el editor Nikos Stangos, Bacon “nunca expresó indignación moral ante nada”. Eso explica su elegancia despiadada.

Astuto y tímido, aficionado a escandalizar, con la delicadeza de esos rostros borrosos, pero de alguna forma claros y una energizante gama de colores, su obra se traduce fácilmente a un nuevo siglo. Y lo mismo sucede con el sexo sudoroso y la violencia; exuberantes, pero expresados con indiferencia y rodeados siempre de grandes alusiones a viejos maestros y a textos aprendidos.


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