El capitalismo estadounidense parece desmoronarse y nadie sabe con certeza cuál es el fondo del abismo de los valores hipotecarios, por lo cual en estos días cuesta encontrar buenas noticias.
Sugiero echar un vistazo a un lugar al que se suele relacionar más a menudo con el desastre que con buenas nuevas: África.
Los chinos fueron criticados por sus incursiones en África, y se lo merecen por cortejar a los matones sudaneses en Darfur y apoyar a Robert Mugabe en Zimbabue. Sin embargo, hay algo que sin duda hay que elogiarles: tratar a África como un lugar con importantes oportunidades de negocios en lugar de como un continente lastimoso que sólo merece caridad.
Está el África que sale en los diarios y el África que sale adelante, como me sugirió un economista, Jean-Louis Sarbir. El primero se compone básicamente de sida, hambre, enfermedad y violencia, y es un lugar que enternece a figuras de Hollywood y estrellas de rock. El segundo es un continente que tiene un promedio de crecimiento anual de 6% -en el caso de Nigeria, un gigante que se despierta, fue de 9% este año- y que vive cambios fundamentales en lo relativo a gobernancia, comercio, sector privado y transparencia política. Ese es el África que les interesa a los chinos.
Sin duda, Beijing se siente atraído por los abundantes recursos naturales de África (el boom de los commodities fue positivo para el continente). Su indiferencia ante las dictaduras genera cierta indignación, tal como descubrió el presidente Hu Jintao durante una visita que hizo el año pasado. África conoce muy bien la tiranía como para alentar el nuevo autoritarismo.
Los chinos, sin embargo, también construyen la infraestructura que África necesita, y lo saben, porque comprobaron en su propio país que no es imposible sacar a millones de personas de la pobreza en una generación.
Al igual que los chinos, yo apuesto por África. Desde Nairobi hasta Accra hay capitales que impulsan la construcción y toda una serie de proyectos. En los próximos 50 años, el continente se va a convertir en la nueva frontera.
Desde que abandonó el Gobierno, Tony Blair, ex primer ministro británico, dedica mucho tiempo a África. Hace unos días lo vi en Nueva York y me dijo: “Si hay algo que África no necesita en este momento es una andanada de proyectos de ayuda de 15.000 dólares”.
Destacó que el ministerio de Finanzas de Ruanda invierte más de la mitad de su tiempo en hablar con una comunidad donante cada vez más ansiosa. Es ridículo.
No tengo nada contra las ONG que hacen un valioso trabajo en el continente africano. Pero Blair trazó un paralelo interesante entre África y la reforma del área de bienestar social en Gran Bretaña. El cambio pasó por abandonar la “limosna” –los pagos que crean dependencia- y abrazar nuevas oportunidades.
África ya no necesita limosnas. Hay que desterrar la imagen del “África pobre”. El continente tiene grandes necesidades, pero la lástima no contribuye a solucionarlas.
Lo que necesita ahora es ayuda para crear el marco legal y comercial e infraestructura física, para alentar una inversión privada. Los africanos, de hecho, vuelven ahora a sus países, que “recuperan cerebros”. Los ejecutivos nigerianos, por ejemplo, regresan de Gran Bretaña y California para ponerse al frente de empresas locales exitosas. Lo mismo pasó en China cuando la economía despegó.
Lagos no será el lugar más emocionante del mundo, pero sin duda le está yendo mejor que a Lehman.