La imagen típica de un superviviente es la de un solitario, encerrado en un refugio, rodeado por alimentos enlatados, filtros de agua y pistolas, y aislado del desastre.
Pero, ¿qué se hace para huir de una economía que se derrumba, de una crisis de la vivienda? En medio del torbellino actual, un rollo de cinta aislante no va a servir de mucho. A medida que se pierden las casas y los empleos, disminuyen los ahorros y los fondos de inversión y la ansiedad se generaliza, algunas personas han encontrado formas novedosas de buscar un alivio ante la incertidumbre.
Para Jessi Walter, la ayuda llegó en forma de bizcochos. Trabajaba como investigadora de productos de crédito en la gigantesca empresa aseguradora estadounidense Bear Stearns hasta que, en primavera, ésta se convirtió en una de las primeras damnificadas por la crisis de las hipotecas de alto riesgo; entonces Walter encontró un cómodo nicho dando clases de repostería para niños.
Louise Story relataba en The Times cómo Andy Neff, que trabajó como analista para Bear Stearns durante 20 años antes de perder su empleo, encontró refugio en la religión. Contaba que, incluso antes de que su empresa fuese adquirida por JPMorgan Chase, había considerado la posibilidad de tomarse un año sabático para estudiar el Talmud, y que ahora veía su destino como una bendición.
En Tailandia, un tipo de experiencia religiosa ligeramente distinta, un ritual de resurrección, está brindando a algunas personas un nuevo comienzo en la vida.
“Cuando la economía está en crisis, nos aferramos con esperanza a algún poder sobrenatural”, le comentaba Ekachai Uekrongtham, escritor y director, a Seth Mydans, de The Times.
Uekrongtham ha realizado una película, The coffin (El ataúd), con una trama que incluye rituales de funerales para los vivos. Nual Chaichamni, una masajista de 52 años, afirma que se sentía relajada tras llevar a cabo su ritual. “Cuando me levantaba, pensaba en cosas positivas”, dice.
En el otro extremo del mundo, en California, Michael Janzen ha encontrado su válvula de escape en la tendencia de las casas pequeñas.
Vive en una de 167 metros cuadrados con piscina, servicio doméstico y una propiedad perfectamente cuidada. Pero, cuando vio que su valor caía en picado, junto con el resto del mercado inmobiliario estadounidense, decidió probar la experiencia de la reducción de tamaño, según escribía Steven Kurutz para The Times. “No quiero esta vida, la vida de alguien que trabaja tan duramente para pagar una gran hipoteca y poder vivir en esta casa”, afirmaba.
Está construyendo una casa diminuta de tan sólo siete metros cuadrados y pretende integrarse en esa tendencia minoritaria consistente en intentar dejar la menor huella posible (tanto estructural como de carbono) viviendo en casas de unos 90 metros cuadrados o menos.
Pero Humond Yakobi, en Irak, sigue una dirección totalmente opuesta. Como presidente de la Oficina de Turismo nacional, quiere llenar grandes áreas de hoteles y centros comerciales, con la esperanza de convertir Irak en un destino turístico.
“Siempre me lo imagino como una especie de paraíso”, declaraba a The Times, y está desarrollando un plan para transformar una isla del río Tigris en una atracción para “turistas buscan diversión, descanso y relax”.
Pero puede que en el entorno de Irak, el concepto tradicional del superviviente, armado y agazapado en su refugio. sea una estrategia más práctica.