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Multimillonarios buenos y... malos

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Octubre 05, 2008

Por BRAD STONE | SAN FRANCISCO

Los estadounidenses, como demuestran los actuales acontecimientos económicos, tienen dos ideas acerca de los montones de dinero de los demás.

Pueden odiar las enormes riquezas generadas por Wall Street. Y al mismo tiempo pueden venerar otros tipos de riqueza, como la de Silicon Valley, por ejemplo.

Es casi como si en la conciencia ciudadana hubiera multimillonarios “buenos” y multimillonarios “malos”. Cuando los superricos son queridos y admirados, o quizá no queridos pero respetados, a menudo es porque la población puede ver y disfrutar el fruto de sus esfuerzos.

Donald Trump construye torres de oficinas y les pone su nombre. Steven Spielberg hace películas con bonitos efectos especiales. Martha Stewart decora vidas y casas. Tiger Woods, a punto de convertirse en el primer multimillonario del deporte, golpea realmente bien una pelota de golf.

Los multimillonarios no tan admirados, en especial los magos de Wall Street, trabajan en las sombras del capitalismo. Los estadounidenses no están realmente seguros de cómo consiguen todo ese dinero. Pero sospechan que parte de él era suyo antes.

En La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, el banquero de inversión Sherman McCoy intenta explicarle su trabajo en Wall Street a la hija. La esposa interviene: “Cariño”, decía Judy, “papá no construye carreteras ni hospitales, no ayuda a nadie a construirlas, pero sí maneja los bonos de los que reúnen el dinero”. “¿Bonos?” “Sí, imagina que un bono es un trozo de pastel, y que tú no has cocinado el pastel, pero cada vez que le das a alguien un trozo se cae de él una pizca, como una migaja, con la que te puedes quedar”. A Sherman no le gusta lo de las migajas, pero imagínense de qué otra forma se puede explicar los derivados de crédito a un niño.

Los superricos de la alta tecnología crean cosas tangibles que facilitan la vida, y esto es algo que los estadounidenses respetan. Steve Jobs creó el ubicuo iPod.

Larry Page y Sergey Brin, los de Google, descubrieron un modo más fácil de hacer búsquedas en Internet. Jeff Bezos, de Amazon, le dio a la gente un modo de comprar en pijama.

En contraste, la ciudadanía parece odiar a los grandes de Wall Strett porque no han inventado nada, a no ser que contemos las ingeniosas formas de conseguir más dinero. Los derivados de opciones de compra de acciones son tan inexplicables para la ciudadanía en general como la física de partículas.

Puede que Richar Fuld de Lehman Brothers, Alan Schwartz de Bear Stearns y Robert Willumstad de American International Group, tres empresas en apuros, tengan enormes historiales como innvoadores. Pero si los tienen, nadie nos lo ha dicho.

A los estadounidenses también tienden a gustarles más los multimillonarios cuanto más saben de ellos. Quizá percibiendo esto, las empresas de tecnología promueven a sus fundadores y su historia de cómo pasaron de la pobreza a la riqueza, a veces poniéndolos torpemente en anuncios de televisión (Bill Gates, Michael Dell y Charles Schwab). Yahoo, el gigante de los motores de búsqueda en Internet ahora acuciado por los problemas, inserta a cada oportunidad a su cofundador y director general Jerry Yang en vídeos promocionales.

Los ricos impopulares, por el contrario, son aquellos que se mantienen en gran medida en el anonimato, hasta que salen a la luz contra su voluntad para afrontar cargos judiciales (L. Dennis Kozlowski de Tyco o Kenneth Lay de Enron), o la prensa los ataca por sus ridículos sueldos (Robert Nardelli de Home Depot, Dick Grasso de la Bolsa de Nueva York)

Y luego están todos los contrastes visuales contra los que los estadounidenses reaccionan de manera tan visceral. Se imaginan a los banqueros de Wall Street llevando perfectas corbatas de Hermès y trajes de Paul Stuart, mientras que asocian a los ejecutivos de la tecnología con colores caqui y jerseys de cuello alto. Imaginan a los tipos de las finanzas montados en limusinas, y a los de la tecnología en sus patinetas Segway y sus Prius.

Silicon Valley, desde luego, se ha labrado cuidadosamente su propia imagen. Pero el escalón superior de la región tiende a creerse sus propios mitos. Los empresarios, predican, sólo deberían ser recompensados por lo que crean. La riqueza va estrechamente ligada al éxito; fundadores y ejecutivos reciben acciones de sus empresas y restringen sus salarios anuales. “Si tienes éxito, ganas; si pierdes, te vas sin nada”, comenta Mitchell Kertzman, socio de Hummer Winblad Venture Partners y desde hace mucho tiempo empresario en Silicon Valley.

Los de Wall Street, por lo visto, pueden alejarse cómodamente del naufragio llameante de sus empresas de varios pisos y de los restos humeantes de la economía nacional.

Daniel Mudd y Richard Syron, ex directores generales de Fannie Mae y Freddie Mac, los gigantes hipotecarios, se van juntos con pensiones de jubilación de 6,5 millones de euros, a pesar de que la Administración pública se quedó con sus empresas y canceló sus indemnizaciones de cese todavía más altas. Para los tipos de Silicon Valley y quienes comparten sus valores empresariales, un gran día de paga por llevar a tu empresa al olor de la catástrofe.

“Son tipos que quieren que los recompensen como si fuesen emprendedores”, opina Jeffrey A. Sonnenfeld, profesor de la Escuela de Gestión Empresarial de Yale. “Pero no lo son. No arriesgan nada”.

En el último siglo, los recurrentes escándalos de Wall Street ayudaban a generar este problema de imagen. Las investigaciones de los consorcios bancarios de Wall Street por parte del Congreso antes de la I Guerra Mundial inspiraron la creación de la Reserva Federal y de la ley antimonopolística de Clayton.

Durante la Gran Depresión, el Congreso investigó el hundimiento del mercado bursátil y descubrió prácticas inmorales de los bancos, tras lo cual se aprobaron las leyes de publicación de la información de las sociedades anónimas. El escándalo de las cajas de ahorros en la década de los 80 sacó a la luz los embustes de Wall Street y dio a la opinión pública nuevos antagonistas (Charles Keating, Michael Milken).

“Ha habido un siglo de estafas y no se nos permite controlarlas porque los tipos de Wall Street siempre apelan al espíritu estadounidense de libertad e innovación”, comenta G. William Domhoff, profesor de psicología y sociología en la Universidad de California, Santa Cruz.

“Pero quién lo iba a decir, a veces meten la pata, y empezamos a sospechar que todo es simplemente una gran paño tibio para tapar que quieren obtener extraordinarios beneficios”. Ahora que han ayudado a hundir el mundo en la calamidad económica, los ricos de Wall Street tienen un problema de relaciones públicas más serio aún. Quizá debieran trasladarse a Silicon Valley.


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